Así nació el mito de Chávez


En febrero de 1992 viajé a Caracas para cubrir el golpe contra el presidente Carlos Andrés Pérez, CAP, un supuesto socialdemócrata de colmillo retorcido amigo de Felipe González. El jefe de la rebelión militar era un tal Hugo Chávez Frías, que llevaba años conspirando en la sombra, un hombre de 38 años que blandía la espada de Bolívar para alzarse en armas. El caldo de cultivo que había detrás de ese atentado a la democracia eran la corrupción galopante, las políticas de ajuste duro pactadas con el FMI, el descontento de la población o el espectacular aumento del número de pobres hasta el 80 % de la población. En el recuerdo estaba el caracazo, la rebelión de los desheredados del sistema que tres años antes habían bajado desde los ranchitos para expresar su furia, siendo reprimidos a sangre y fuego. Ese descontento social se reflejaba en las encuestas previas al golpe. Una de enero aseguraba que el 34 % de los venezolanos lo apoyarían y solo el 40 % lo rechazarían. Pero había un dato aún más revelador: el 42 % de la clase más desfavorecida lo respaldaba. En las calles de Caracas eran frecuentes expresiones como «aquí roba todo el mundo» o «que roben, pero no tanto». Rafael Caldera, que había sido presidente del país (1969-74) y que volvería a serlo después (1994-99), aseguraba a este enviado especial que había un «profundo malestar» que explicaba que nadie hubiera salido a las calles a defender la democracia y que muchos ciudadanos mostraran simpatía por los golpistas. El gran escritor Arturo Uslar Pietri, que había pronosticado el golpe, me dijo que su país quería vivir en democracia, pero que, como decía Joaquín Costa, «sin garbanzos no hay libertad».

Aquel 4 de febrero de 1992, en ese contexto económico, social y político, nació el mito de Hugo Chávez. Es imprescindible tenerlo en cuenta para entender su figura y el amplio respaldo del que ha gozado. Años después, lo que no pudo lograr por la fuerza de las armas lo obtuvo por los votos en 1998. Su mandato ha tenido luces y sombras. Su principal logro ha sido el espectacular descenso de la pobreza. No fue un dictador como Franco o Fidel Castro, por el que sentía sin embargo una admiración sin límites, sino más bien un caudillo pintoresco, carismático y populista al estilo latinoamericano. Constituyó un régimen autoritario basado en el culto a su personalidad, persiguió a los medios de comunicación hostiles y manipuló el poder judicial. Pero, a pesar de todo, Venezuela distaba de ser una dictadura, subsistía una prensa independiente muy importante (El Universal y El Nacional son el emblema), la oposición tenía su espacio y se celebraron elecciones convalidadas internacionalmente. Cuando vi para mi estupor que la revista del grupo para el que trabajaba entonces había titulado su portada El bobo feroz, pensé que Chávez no era ningún bobo, sino un golpista y, como tal, condenable, pero que contaba con un importante apoyo popular. El tiempo lo confirmó.

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