Cuando mi suegro -que no es precisamente un subversivo, sino un señor que se dedica a hacer negocios y que lee todos los días el International Herald Tribune y Le Monde- me dijo ayer que Cayo Lara es el único político que dice cosas interesantes en el Parlamento, comprendí que los grandes partidos españoles han perdido la calle. Entendí que, aunque el PP y el PSOE se mofen con gesto perdonavidas del resultado de las elecciones italianas porque creen que aquí nunca ocurrirá algo semejante, los españoles nos encaminamos también hacia el abismo político. Es cierto que no tenemos por ahora a un Beppe Grillo capaz de encauzar de forma asaz demagógica el hartazgo del personal con sus próceres. Pero también es verdad que el PSOE y el PP -y CiU en Cataluña- trabajan duro para que surja aquí en cualquier momento un bufón que se haga con uno de cada cuatro votos, como ha hecho el italiano.
Y qué mejor ejemplo de ese comportamiento irresponsable de nuestros grandes partidos que el que se nos ofrecía ayer. Por primera vez en nuestra historia, el número de parados registrados supera los cinco millones, aunque la EPA eleva esa cifra hasta los seis millones. ¿Y en qué andaban nuestros grandes partidos en la víspera de que se consumara esa tragedia social? Pues, echando un rápido vistazo a la prensa, comprobamos que el PP sigue inmerso en su concurso de ideas para justificar por qué pagaba 21.300 euros mensuales a un extesorero imputado por graves delitos, defraudador fiscal confeso y al que además, supuestamente, había despedido. Por ahora, el premio al más creativo se lo lleva el impagable «finiquito con simulación de salario». Y para el PSOE, las máximas urgencias son su cisma con el PSC a cuento del derecho a decidir y el discutir si son legales o no las primarias que plantean los socialistas gallegos. Asuntos todos ellos que angustian al conjunto de los españoles, como puede comprobarse.
Si a todo esto le sumamos que el jefe del Estado, entre cuyas escasas atribuciones está la de actuar de conciencia moral de los políticos, pasa más tiempo en el taller que en su despacho y vive al borde del soponcio con las apariciones estelares en las revistas del corazón de su «entrañable amiga» Corinna, tenemos el cóctel perfecto para que emerja el Pepito Grillo español. Porque no se trata ya del 15-M, ni de los indignados, ni de las batas blancas. No es cuestión de que solo quienes padecen en sus carnes los injustos recortes sociales salgan a la calle a gritar que no se sienten representados. Se trata de que una gran parte de la población, incluidas las formales clases medias, está harta de una casta política e institucional fosilizada que ni escucha ni entiende. En esas condiciones, basta que alguien suficientemente demagogo y elocuente coja la bandera para que prenda la mecha. Candidatos al Beppe Grillo hispano hay ya varios. Y a lo mejor entonces, hasta mi suegro se apunta.