No agitar demasiado

Carlos G. Reigosa
Carlos G. Reigosa QUERIDO MUNDO

OPINIÓN

España es hoy un Estado moderno articulado sobre unos principios claramente democráticos. De esto no hay duda. Sin embargo, es aconsejable no agitarlo demasiado ni someterlo a tensiones extremas, porque su historia no es precisamente la de un lago en calma. A pesar de la crisis (que es mucho pesar), estamos viviendo -en términos de convivencia- una etapa privilegiada, en la vanguardia de las democracias. Pero nuestro pasado está lleno de experimentos frustrados, de inquisiciones feroces, de sistemas políticos represores o dictatoriales, de advenedizos de todas las demagogias y, sobre todo, de víctimas. De demasiadas víctimas. Hablamos tanto de los problemas actuales que nos olvidamos de los dramas pretéritos. Y no recordamos con la debida asiduidad que casi todo tiempo pasado fue peor. Es necesario afirmarlo para saber dónde estamos ahora. No vaya ser que, a base de impugnar el presente, desvaloricemos nuestros logros.

Todo esto no debe impedirnos ver los males que hay, y denunciarlos, pero sin arrasar con todo aquello que nos sostiene en un régimen de libertades. De hecho, yo creo que habría que empezar todas las críticas con un canto a la conquista democrática que nos permite pronunciarnos libremente, siempre dentro de un orden del que también nos hemos dotado libremente. Si no somos capaces de poner en valor nuestro sistema de derechos y garantías, estaremos cayendo en la trampa de los desgarramantas que tanto vociferan contra todo, con la esperanza de atrapar algo o sacar partido al precio que sea.

Nuestra situación política no es modélica, pero es fácilmente corregible por la propia democracia en que vivimos. Para lograrlo no es necesario aporrear o derribar el edificio, sino tan solo limpiarlo y adecentarlo. Por eso son tan de temer esos sansones que tiran de la columna principal con ánimo demoledor, como si todo esto ya no valiese o no funcionase. La realidad es que vale y que funciona, y así se demuestra -y debe perfeccionarse- en la realidad. Las leyes están para cumplirse y los delincuentes deben pagar por sus delitos. Tenemos el sistema más justo -por su propio origen- para conseguirlo. No vayamos a descuidarlo o abandonarlo, porque no sería a cambio de nada mejor.