E l Partido Socialista repartió ayer una documentación en la que pretende demostrar que los datos dados por Mariano Rajoy en el debate son falsos. Es una documentación detallada sobre el crecimiento del paro, la afiliación a la Seguridad Social, la contratación, los convenios colectivos firmados o los efectos de la reforma laboral. El documento termina con esta pregunta: «¿Es que no se cansa nunca Rajoy de mentir y engañar a los españoles?». Una segunda comunicación del PSOE se fija en los datos de previsión del déficit, que asciende al 10 % si se suman las ayudas a la banca, y llega a otra conclusión no menos destructiva: «Apenas han pasado dos días y el discurso de Rajoy ya se cae a pedazos».
Yo seré más piadoso con el presidente del Gobierno y, en vez de acusarlo de mentir, diré que ha contado la verdad que le conviene para hacer el retrato de la nación más optimista. Quizá empiece a pensar, como Zapatero, que «el pesimismo no crea empleo». Otorgada esa indulgencia, añado dos consideraciones. La primera, que hace mal el Gobierno en disimular la realidad, porque corre el riesgo de que la propia realidad le desmienta y está en juego su credibilidad. La segunda, que el Partido Socialista ha de tener más reflejos y llegar mejor preparado a estos debates.
Si Rubalcaba y sus equipos tuvieran a mano los datos que ayer difundieron, habrían puesto en aprietos al presidente. Y eso, con las tecnologías actuales, no es imposible. Un gabinete de asesores (quizá de un solo asesor) puede trabajar a distancia y contrastar la información oficial, sobre todo en los aspectos más sensibles para la izquierda, como es la política social. Si no lo hacen, no es por falta de pericia o de experiencia en estos combates; es por abulia o desidia.
De todas formas, estas son trifulcas de partido. Lo auténticamente negativo está en las previsiones de la Comisión Europea, que algunos medios han resumido así: «Bruselas pronostica más paro, más déficit y más recesión». Frente a las luces de esperanza que Rajoy trató de encender, esta ducha fría ensombrece todavía más el horizonte del 2013. ¿No nos habían dicho que los préstamos a la banca no contaban a efectos de déficit? ¿No se había previsto en los Presupuestos una caída del 0,5 % en el PIB, que ahora casi se multiplica por tres? ¿Será soportable, si se confirma, un nivel de paro del 26,9 % al terminar el año? ¿Qué tipo de recortes harán todavía falta para embridar el déficit? Quizá haría falta otro debate del estado de la nación para aclarar todo esto. De momento, quedémonos en una súplica: ojalá sirvan de algo las medidas de impulso al empleo que el Gobierno aprobó ayer. Como no sean efectivas, nos espera una larga desolación.