Qué estado de la nación

OPINIÓN

18 feb 2013 . Actualizado a las 06:00 h.

Los días 20 y 21 se celebrará la sesión parlamentaria sobre el estado de la nación. ¿Cómo nos lo contarán desde el Gobierno y desde la oposición? Los ciudadanos tienen una percepción directa a través de situaciones vividas. Es tal el cúmulo de disfunciones de todo género constatadas, que no sorprende el manifiesto regeneracionista Contra la descomposición social publicado en estas páginas. Quienes van a intervenir en el próximo debate no pueden ignorar cómo es percibido el estado de la nación en la sociedad. Sondeos oficiales y privados dan cuenta del malestar y de la escasa confianza que los ciudadanos tienen en quienes lideran su representación. Las escaramuzas en que están entretenidos los partidos políticos aumentan su distanciamiento con la realidad del país. No parece que esté para reír el cruce de ingeniosidades a cuenta de la transparencia de las declaraciones fiscales, de otra parte muy elogiables. El carnaval ya ha pasado.

El debate sobre el estado de la nación no puede ventilarse como las sesiones de control al Gobierno. Aunque sea el mismo ámbito y, por tanto, exista institucionalmente un diálogo, el estado actual de la nación, en la que se incluyen no solo las instituciones sino también los ciudadanos, reclama que ellos sean -o así lo sientan- a quienes se dirija, sobre todo, el presidente del Gobierno. A él corresponde la responsabilidad de las políticas seguidas y de las que propone seguir. No basta con insistir en datos macroeconómicos, en la necesidad de las medidas dolorosas. En su reciente venida a España, el presidente del Banco Central Europeo (BCE) las ha elogiado, pero a la vez reconoció que sus efectos positivos no eran todavía percibidos por la sociedad. Esta es la cuestión que debería planear en el discurso, procurando empatía con los ciudadanos, todavía pacientes.

En el discurso que hace unos días pronunció Obama sobre el estado de la Unión hay frases que quizá sean un tributo a la retórica como «la Constitución no nos convierte en rivales por el poder, sino en socios por el progreso», o «juntos hemos despejado los escombros de la crisis». Fueron aplaudidas por demócratas y republicanos. Sus manifiestas diferencias en asuntos fundamentales no han sido obstáculo para ponerse de acuerdo en abordar la regularización de los inmigrantes latinos, clave del resultado de las pasadas elecciones. Sería reconfortante que se escucharan proclamas y actitudes de ese tipo en el debate sobre el estado de la nación. Las confrontaciones personales sobran y desorientan.

Todavía reciente su reelección, las palabras de Obama constituyen parte de la tradición democrática, que difieren en el formato y en las circunstancias, por no referirme a la referencia a la unión, recordatorio del intento secesionista de los confederados. El discurso del presidente americano tuvo también mucho de electoral, volcado al futuro desde coordenadas características del Partido Demócrata.