Si la autoinmolación del joven tunecino Mohamed Buazizi, el 17 de diciembre del 2010, prendió la mecha de la primavera árabe, el asesinato, hace dos días, del opositor de izquierdas Chukri bel Aid ha reavivado la llama. Y es que si bien Túnez se libró del dictador Ben Alí poco después del inicio de las protestas, la transición hacia una democracia real está resultando muy complicada. Pese a que En Nahda, el partido islamista vencedor de las pasadas elecciones, se define como centrista, desde su acceso al Gobierno los musulmanes radicales han destrozado todo aquello que consideraban antirreligioso y sembrado el pavor en la población. El asesinato de Bel Aid, sumado al estancamiento político, el retraso en la aprobación de la Constitución hasta el próximo abril, el deterioro de la economía y el aumento del paro hasta el 18 % han levantado de nuevo a la población, lo que ha forzado la dimisión del Gobierno y la convocatoria de elecciones en las que, a la vista de estos antecedentes, el islamismo tendrá muy difícil ganar.