El Gobierno popular, luego de un año corto de desempeño, empieza a darnos tantas oportunidades de disfrutar como el anterior Gobierno. Cuando creemos que se nos agota la capacidad de asombro o de enfado ante las singularidades de nuestros gobernantes llega una nueva leva y nos ponen otra vez en la casilla de partida. Inagotables, nos modernizan. Nos cambian las reglas de juego. Tienen solución para todo.
Encontrarán, ahora, a una ministra de Trabajo que, con seis millones de parados, observa efectos benéficos en su nueva norma laboral que desarbola derechos y deberes. O a un ministro de Industria que, además de aumentar nuestra renta en quinientos euros si compramos coche con entrega del viejo, se enreda en precios, facturación e impuestos de la energía eléctrica. Igual que los anteriores ministros de Industria que en el mundo han sido.
O una ministra de Sanidad entregada a trabajar por el bien público que implanta copagos farmacéuticos y sanitarios, o recurre y penaliza a industrias que rebajan sus precios, mientras su intensa red familiar en el partido la hace aparecer entre ajenos confetis o automóviles de lujo.
O un ministro de Justicia que no solo la encarece con tasas abusivas, interviene sobre el tercer poder del Estado y privatiza hasta el registro civil. Perdón, su gestión. Además de hacer un uso libérrimo en indultos o despaganizar la ley de interrupción del embarazo. Logrando con todo ello una intensa actividad de los profesionales del derecho en su contra, y una inédita contestación en la judicatura y los fiscales.
Ministro de Economía aparte, dedicado como está al desaguisado de las tropelías del sistema financiero y sometido a la troika, pasmémonos ante su colega el ministro de Hacienda. Paradigmático ministro por su aguerrida capacidad para convencernos no solo de que Hacienda es él -IRPF, IVA, tasas de combustibles, loterías, déficit fiscal-, sino que hace de ella mangas y capirotes. Vean su milagrosa amnistía fiscal que, sin proponérselo, descubre cuánto dinero tenía el extesorero popular y no sé cuántas decenas más de imputados en sumarios de corrupción.
Sin olvidar al inefable ministro de Educación y Cultura, proveedor de principios morales y aforismos, además de una enésima reforma educativa -también sin padres ni profesores, pero con Conferencia Episcopal-, que recomienda sacrificio y penitencia a los alumnos mal informados que deseen estudiar lo que les guste y vaya bien.
No duden, es el momento de elegir. Porque a quienes pretendieron convencernos de que éramos un país del Gran hermano, Sálvame, ande yo caliente y ríase la gente, el Lazarillo o gatos varios les ha debido sorprender que a más de cuatro millones de telespectadores les interese la educación en Finlandia, sin un ministro, diputado, director general o dirigente confesional que llevarse a la boca, contada y reflexionada por profesores, padres y buenos periodistas.