Déjenme soñar que esto cambia

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

30 ene 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

A veces (pocas) es posible el acuerdo político. Ayer, por ejemplo, se alcanzó uno entre los dos grandes partidos para resolver el problema de las preferentes. No ha sido gratuito: hicieron falta multitud de protestas ante las sucursales bancarias, manifestaciones y creación de mucha conciencia social. Parece mentira que algo tan elemental como la recuperación del dinero propio requiera esa cantidad de presión, de desconsuelo y de calificación de robo para que al final haya una decisión política.

Lo mejor, que esos dos partidos se hayan sentado a hablar y hayan sido capaces de pactar algo. Echando mano del mayor de los optimismos, lo tomo como el principio de un nuevo estilo. Lo terminaré de creer cuando vea lo que hacen con la propuesta de pacto por el empleo que Pérez Rubalcaba presentó al Gobierno. De momento, se le dijo que el PSOE solo quiere salir en la foto, o que la política contra el paro ya la hace el Gobierno; es decir, llamen a otra puerta que estamos gobernando. Únicamente ayer se aceptó que el documento socialista tiene detalles que se pueden estudiar. Menos da una piedra.

Ante todo ello, digo: podrá no haber acuerdo final sobre el empleo. Pero, por lo menos, lo tienen que intentar. Si no lo intentan, se producirá una inmensa decepción. La gente tendrá derecho a pensar que a la clase política le da igual el número de parados, que haya dos millones de hogares sin ingresos o que más de la mitad de la juventud no tenga ni esperanza de encontrar un puesto de trabajo. Tendremos la impresión de que el PP y el Gobierno se consideran autosuficientes y van por el mundo al grito de «¡dejadme solo!», con un trasfondo que no sé si calificar de confianza o de soberbia. De confianza, porque quizá piensen que todo se va a arreglar, aunque tarde, con sus medidas. De soberbia, porque, si se arregla, no tienen por qué deber nada a nadie. Y menos, a unos socialistas a los que considera autores de los desastres actuales.

¿Saben la desgracia que se escondería detrás de un no al diálogo? Que se ha perdido la cultura de pacto en este país; que está dominada por la rentabilidad electoral; que solo se negocian aspectos que no tienen medida directa en las urnas, como las preferentes; y que en cuanto un acuerdo puede beneficiar al adversario (como le ocurrió a Zapatero con el pacto antiterrorista), se huye como de la peste. Todo eso ha ocurrido hasta ahora, y así fueron pasando los años sin que resultara posible pactar el modelo educativo o se encontrara clima para plantear una reforma seria de la Constitución. Ha sido el triunfo del egoísmo político. De ahí proviene una parte importante del desprestigio de nuestra clase política. Déjenme soñar con que empieza a asomar el tiempo de la generosidad.