Barack Hussein Obama sabía que este sería su último discurso de investidura a los norteamericanos, porque no volverá a tomar posesión como presidente de Estados Unidos. Fue su oportunidad para decir lo que llevaba dentro. Así, es interesante ver lo que este político negro, con nombre musulmán y un atractivo carisma que comparte con su esposa Michelle, transmitió a la nación por última vez con una frase antológica: «Respondamos a la llamada de la historia e iluminemos el incierto futuro con la precisa llama de la libertad». ¿Puede haber un mensaje político más idealista que este? La referencia a la historia desde el siglo XXI, frente a lo que nos puedan deparar acontecimientos siempre inciertos, afirma que deben ser vistos bajo el prisma de la libertad. Tal proclama podría haber sido puesta en boca del malogrado Martin Luther King. El discurso de Obama iba sin duda dirigido a los más menesterosos, los marginados de la sociedad, a quienes ofreció su esfuerzo para alcanzar mejoras sociales. También aludió a los desastres que ocasiona el cambio climático y a crear unas condiciones de paz y seguridad que hagan innecesarias las guerras. Pero mientras Obama proclamaba estos ideales, miles de soldados y marinos norteamericanos desplegados en Afganistán, en el golfo pérsico y en distintos conflictos en África y en Asia, se preguntarían por qué están allí, a la vista de lo que piensa el comandante supremo Obama, cuando dice: «La paz no se consigue con la guerra perpetua».