Hay pocos textos escritos más esclarecedores que el Diccionario de la Real Academia. Tengo, sin embargo, la impresión de que lo utilizamos poco y, en todo caso, mucho menos de lo que sería conveniente. Lo que antecede viene a cuento porque, antes de escribir este artículo, acudí al diccionario para ver el significado de la palabra diálogo. Y, al leer sus acepciones, comprobé que se describía no solo su significación principal: «Plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos», sino también la de otra voz, diálogo entre sordos: «Conversación en la que los interlocutores no se prestan atención».
En los últimos tiempos ha habido tanto ofrecimientos como peticiones de diálogo en relación con la irresponsable y alocada propuesta secesionista de Artur Mas. Así, en su última comparecencia del 29 de diciembre pasado, el presidente Rajoy declaró: «Siempre he manifestado una voluntad de integrar, de dialogar todo lo que sea dialogable». Y, mucho más recientemente, el alcalde de Toledo, Emiliano García-Page, ante el «anuncio flagrante -según sus palabras- de quebranto legal» de Artur Mas, declaraba: «Recomendaría a Rajoy diálogo con el PSOE, con más o menos nivel de publicidad».
Es indiscutible que el diálogo es necesario, pero, en sí mismo, no es suficiente. Si el encuentro entre Rajoy y Mas, o entre Rajoy y Rubalcaba, se convierte exclusivamente en una plática a través de la cual manifiestan alternativamente sus ideas, apenas habremos avanzado algo. Como actualmente la actividad política es televisada a diario, los ciudadanos conocemos de sobra sus posturas. Artur Mas desea, al menos aparentemente, la secesión de Cataluña del resto de España, Rajoy ha manifestado que se va a cumplir la Constitución, y Rubalcaba, para no coincidir en nada con Rajoy, ofrece la vía del federalismo, tras la previa reforma de la Constitución. Hay, por tanto, una seria amenaza de que el diálogo político se convierta en un diálogo entre sordos: los interlocutores conversarán sin prestarse atención.
La clave es si el diálogo propiciará un acuerdo. Pero ¿podemos los sufridos ciudadanos esperar la reflexión, el grado de madurez y la determinación política de algunos de esos interlocutores para alcanzar un convenio sobre el grave problema del soberanismo? Me temo que no, porque aquí más de uno va a lo suyo, en busca del dios menor voto. ¿Cuál será el desenlace? No es fácil de pronosticar, pero o habrá más dinero para Cataluña (como siempre) o Rajoy tendrá que asumir lo que el mismo ha dicho: «El papel que me incumbe en la defensa de nuestra Constitución». Confío en que no le tiemble la mano: en eso, la suya está sostenida por las de la gran mayoría de los españoles.