El pulpo en el burdel


Les confieso mi conmoción al leer en la prensa que un club de alterne asturiano ofrece a sus clientes pulpo a la gallega, sin pagar un centavo. Será por el color rojo del pimentón o por sus numerosas patas siempre prestas a agarrarse, pero no salgo de mi asombro ante tal oferta.

Me pregunto por qué tratándose de la tierra hermana no utilizan como reclamo el símbolo de su identidad gastronómica, la fabada. Una buena ración de ese delicioso condumio debería reconfortar más al frío visitante que un plato de pulpo á feira, y si bien es verdad que las alubias tienen una digestión pesada, nuestro cefalópodo tampoco parecía buen compañero para las noches de pasión desenfrenada. Pero si los asturianos han descubierto sus poderes, ¿por qué los gallegos los ignoramos? Ahora que ya casi no quedan ferias, renunciamos a nuestra identidad gastronómica abandonando al octopus vulgaris entre luces de neón, cócteles y rojos satenes. Tal vez si obligáramos a comer pulpo a nuestros políticos y visitantes, tal vez convirtiendo la Ciudad de la Cultura en la Ciudad del Pulpo, podríamos conseguir su abandono del burdel y el regreso a casa. De la misma manera que nuestros jóvenes científicos abandonan Galicia, se nos ha ido el pulpo; mal están las cosas para que este elija como destino un lupanar de carretera. Créanme, tras el pulpo se irá la empanada de berberechos, emigrarán los grelos y nos abandonará el pan de maíz; triste destino para una tierra que se quedará sin referente alguno más allá del trombón de Baltar.

Me cuesta aceptar que en el país del bilingüismo armónico el pulpo se haya pasado al bable. Pero, como militante de pulpería, lo que me saca de mis casillas es la imagen de los clientes del local asturiano degustando nuestro plato más emblemático mientras suena el Daddy Cool de Bonnie M en vez de la Muiñeira de Chantada. Lo siento, me niego a aceptar el pulpo como animal de compañía, nocturna en este caso.

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