Los círculos morados


U na de las cosas que más me han impresionado de las memorias del chileno Jorge Edwards, que bajo el título de Los círculos morados se ha puesto a la venta esta semana, es la elegancia con que narra su propio episodio de pederastia. Jorge Edwards, premio Cervantes y ahora embajador en París, reconoce no estar traumatizado, y no carga las tintas, pero lo que narra es espeluznante: él tenía once años y su verdugo, cómo no, era un cura del colegio, un tal padre Cádiz. La Iglesia, ante este tipo de agresiones, se ha puesto durante mucho tiempo a la defensiva por entender que hacían daño a la religión, y prefirió lavar los trapos sucios en casa.

Y esto me recuerda a Dolores de Cospedal que, refiriéndose a Bárcenas, acaba de declarar lo siguiente: «Esta persona tiene su vida, igual que el Partido Popular tiene la suya». ¡Toma ya! También me recuerda, ya puestos, a la tal sor María que redistribuía bebés con justicia divina. Porque, miren ustedes, yo no creo en la generación espontánea. El partido, ese que dice De Cospedal que «tiene su vida», sabe perfectamente o no quiere saber, que es lo mismo. También los médicos, las enfermeras, los funcionarios, la madre superiora y el confesor de sor María.

Siempre he sentido una gran simpatía hacia Jorge Edwards, una persona estupenda, culta, honrada, un magnífico escritor, con el que, por cierto, compartí un almuerzo en Madrid hace ya un par de años. Y con la lectura de esta semana lo admiro todavía más. ¡Si aceptara sustituir a Cospedal?!

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