La realidad de la religión

José Luis Meilán Gil< / span> AL PASAR

OPINIÓN

24 dic 2012 . Actualizado a las 06:00 h.

La religión es una realidad universal, en todos los tiempos, en todas las culturas. No es del caso ni siquiera un esbozo de sus variedades. Ha subsistido a intentos políticos de erradicarla de la sociedad, como aconteció en la URSS y en la China de Mao. Es relación trascendente al ámbito meramente humano, en la que trata de encontrarse explicación de cuestiones fundamentales, que podrían resumirse en el sentido de la vida. Responde al misterioso deseo de Dios, que, en recientes palabras de Benedicto XVI, podría parecer una provocación en el ámbito de la cultura occidental secularizada, singularmente en países europeos de larga tradición cristiana, donde puede llegar a ser chocante el In God We Trust que campea en el sello de EE.?UU., testimonio del pensamiento de sus padres fundadores o el Día de Acción de Gracias.

La Navidad revela que Dios no es lejano, una abstracción o una hipótesis. Se hizo hombre, un Niño indefenso y pobre, y habitó entre nosotros, un Dios que existe, que ha entrado en la historia y en ella está presente. Esta es la gran singularidad del cristianismo, referencia fundamental en el mundo cultural en que vivimos, tanto para la creencia como para la oposición o para la indiferencia. Esta última actitud ha aflorado en nuestro tiempo. Se vive como si Dios no existiese. No se niegan las verdades de la fe cristiana, simplemente se consideran irrelevantes, sin interés para la vida ordinaria y, en el mejor de los casos, una cuestión privada que se respeta. Es el creyente quien debe dar razón de su fe, en ocasiones como quien estuviese obligado a demostrar su inocencia, colocado bajo no se sabe qué sospecha, cuando la creencia vivida impulsa a estar abierto al progreso de la sociedad, al leal cumplimiento de los deberes ciudadanos, a la solidaridad. El testimonio de los primeros cristianos en un Estado hostil constituye un aval.

En nuestro país, la Constitución no es indiferente a la religión. Se proclama que ninguna confesión tendrá carácter estatal, pero los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones. La libertad religiosa que se acoge es un derecho fundamental. Su reconocimiento se valora al comprobar las persecuciones que hoy día se llevan a cabo contra las personas que no profesan la religión del Estado. Precepto constitucional es también el derecho a la igualdad que prohíbe la discriminación por razón de religión. Estas fechas, que conllevan una llamada a la paz y a la convivencia, son propicias para preguntar si en manifestaciones y comportamientos públicos no hay una intencionalidad discriminatoria, y en ocasiones sectaria, por razón de creencias religiosas, un dogmatismo laico descalificador que pretende situar a la persona afectada en la posición de demócrata sospechoso. No se debería volver a tiempos anteriores a la Constitución.