Estamos eligiendo el peor de los caminos

OPINIÓN

La acción política democrática es el intento de conquistar el poder, o de influir en él, dentro de la ley y los resortes del sistema. En muchos casos -los vemos todos los días- el poder también se obtiene o controla desde fuera del sistema y fuera de la ley, pero eso no es democracia, y suele traer más disgustos que venturas. Por eso ayer los afectados por las preferentes y una parte de la oposición parlamentaria dieron una lamentable muestra de impotencia al intentar hacer valer sus teorías por medios ilegítimos, al boicotear el funcionamiento de las instituciones, al insultar al representante institucional del Estado, al introducir en medio de la crisis inquietantes elementos de desestabilización y, lo que es peor, al abordar graves problemas generados en un marco político y económico muy consentido argumentando tonterías y poniendo el debate en el terreno de la más absoluta esterilidad.

Empezaré por decir que no me encuentro entre los que creen que la artificiosa corrección del debate y las constantes llamadas al orden y al tiempo sean la esencia del buen parlamentarismo. Pero de ahí a la bronca y al insulto, basado en una absurda personalización de la maldad que gobierna, y al margen de toda racionalidad económica y de las reglas del sistema, hay un larguísimo trecho que no se debería recorrer. Y por eso quiero declarar que esta pasada noche hubiese dormido mucho mejor -se lo digo a Yolanda Díaz- si hubiese pertenecido al Grupo Popular que habiendo montado el guirigay de AGE. Y mucho lamento decir que de la ilusión generada en torno a Beiras el día 20 de octubre esperábamos argumentos más inteligentes y más fácilmente gestionables.

La otra actuación, en la que un grupo de afectados por las preferentes interrumpió la sesión parlamentaria, es un delito, que humilla a la democracia y a todos los que votamos, y que las autoridades en modo alguno deberían consentir ni dejar impune. Y el espectáculo de los diputados de la oposición subiendo a las tribunas a solidarizarse con ellos, y a dar más valor a los gritos que a su función institucional, ha de considerarse bochornoso y contradictorio, por poner en entredicho la profunda realidad de la democracia. Y en esto no puede haber medias tintas ni comprensiones demagógicas.

Mientras todo esto sucedía, un grupo de estudiantes y PAS de la Universidad de Santiago interrumpieron la sesión del claustro que debía estudiar los presupuestos del 2013 e impidieron que el máximo órgano de la institución, democráticamente elegido y bastante caótico en su propia esencia, hiciese su trabajo. ¿Estaremos un poco pirados por la crisis, o fiaremos más de la bronca que de la democracia? Si es lo segundo, como me temo, que Dios nos coja confesados. Porque para una sociedad compleja no hay nada más injusto, inútil y corrosivo que el desorden.