«Hasta que el pueblo las canta...»

OPINIÓN

Aunque Rajoy y De Guindos no sepan o no quieran explicarlo, la crisis acaba de entrar en su fase catártica, que es aquella que, o precede al inicio de un tiempo mejor, o abre otro ciclo de crisis, de características catastróficas y endémicas, con fuerte riesgo de revolución social. Dada la situación general de España, y su nivel de cultura y modernidad, todo apunta a que nuestra salida será hacia tiempos mejores. Pero esa afirmación, que es de naturaleza intelectual y explicativa, nada tiene que ver con la experiencia de la gente, que siente todo lo contrario: que nunca estuvimos tan mal, y que los sufrimientos generados por los ajustes y el paro se perciben con mayor agudeza y desesperación que nunca. Y es esa percepción directa de la crisis la que lo complica y dificulta todo, al generar una especie de «sálvese quien pueda» que tiende a fragmentar todas las estrategias colectivas y entregar el futuro en manos de ocurrencias sucesivas.

Cuando Artur Mas piensa que su problema es España, y apuesta por huir solo de la quema, es víctima de esta desorientación propia del momento. Cuando a Rubalcaba se le ocurre reformar la Constitución en el momento en el que el PSOE tiene menos capacidad de interlocución, es porque se ha entregado en manos del oportunismo. Cuando algunas autonomías y ayuntamientos piensan que puede ser útil pagar con trampas las extras suprimidas, es porque los árboles les ocultan el bosque y han perdido el sentido global de lo que pasa. Cuando emergen otra vez los partidarios de la «España una, grande y libre», y los que piensan que la democracia embarranca por «falta de Dios» es porque el temor al tiempo presente hace retornar pesadillas y entelequias salvíficas. Y cuando los sindicalistas apuestan por utilizar la negociación y los convenios para salvar el trabajo, los servicios y el poder adquisitivo de las personas, es porque confunden el ombligo con el corazón del sistema, o porque siguen creyendo que basta con querer para poder.

Estamos llegando al final de la crisis sin haberla entendido, y todavía hay mucha gente que cree que todo esto puede pasar sin que los modelos sociales se transformen radicalmente. La copla que canta la gente sigue siendo de «escarnio e maldicir» contra los políticos y el sistema, cuando ya debería haber interiorizado lo que en conjunto, como pueblo, hemos hecho o consentido. Y cada vez es más necesario que hagamos y cantemos otra copla, en la que vaya aprendida la lección y reformulados los fundamentos de una nueva era. Y esa copla no tiene que ser de la izquierda ni de la derecha, sino de toda la gente que hace el país y apuesta alternativamente por unos y por otros. Porque, como decía Manuel Machado, «Hasta que el pueblo las canta, / las coplas, coplas no son, / y cuando las canta el pueblo, ya nadie sabe el autor».