A ver si nos enteramos. Estamos en esta vida para ayudar. Para ayudar a los amigos. Y los banqueros lo son y nos necesitan. Millones arriba, millones abajo, que tampoco es tan importante dada nuestra generosidad, a la banca le hemos dado ya más de 130.000 millones de euros. Que dicho así puede parecer una locura, pero no lo es. Se los hemos dado con magnificencia.
Porque ¿qué iban a hacer nuestros banqueros si no les hubiéramos ayudado tan desinteresadamente? Pues probablemente se verían abocados a desahuciar a familias, a ponerlas en la calle, incluso en el cementerio. Y no podrían viajar en esos incómodos BMW blindados, ni celebrar consejos en Venecia, ni darse retiros de oro, ni tan siquiera otorgarse unas jubilaciones bien merecidas. Si no fuera por nuestra ayuda, los bancos no hubieran podido financiar los premios de fórmula 1, los equipos deportivos, ni comprarse bodegas y viñedos en Oporto, ni construir en Polonia. Dicho de otra forma, de no ser por nuestra dadivosidad, los bancos y los banqueros serían una ruina. Pero para eso estamos nosotros.
Por cierto, ¿quién decidió pagarles las juergas, los desmanes y los disparates? Yo no, desde luego. ¿Fue usted? Entonces ¿quién fue? Y ¿con qué autorización?