Un fantasma recorre el Hórreo

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

02 dic 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

La democracia -se ha repetido muchas veces- es la forma de gobierno que permite a los gobernados sustituir pacíficamente a sus gobernantes. Aunque una interpretación literal de esa fórmula podría llevarnos a pensar que la democracia se identifica solo con el final de la pelea a mamporrazos por hacerse con el mando, lo cierto es que la idea va mucho más allá: la sustitución pacífica de los gobernantes que supone la cultura democrática implica que los que pierden reconocen la legalidad y, por tanto, la plena legitimidad de los que ganan, legitimidad que se está dispuesto a proclamar siempre que proceda.

Y es que, en democracia, ganadores y perdedores dejan de considerarse enemigos para pasar a ser solo adversarios, que difieren en muchas cosas, pero comparten la más fundamental: la aceptación de que quien gobierna lo hace por mandato del pueblo tras haber ganado en buena lid unos comicios.

La noticia de que, tras la elección parlamentaria de Feijoo como presidente de la Xunta, ningún diputado de la oposición se acercó a felicitarlo parecerá a algunos una anécdota. Yo considero, sin embargo, que es un gesto incivil de mucha gravedad, que quiebra el reconocimiento por parte de sus adversarios de la legitimidad de quien acaba de ser nombrado presidente por una mayoría absoluta que representa a la mayoría de los electores de Galicia. Tantos que -contra lo que suele ser habitual- los votantes de Feijoo suman más que los de las tres opciones que se sientan en el Hórreo en la oposición.

Por eso, felicitar o no al ganador no es una acción voluntaria o, todo lo más, un gesto de buena o mala educación. Lejos de ello, es el acto solemne a través del cual, más allá de las palabras, se simboliza, en el Parlamento y ante los medios de comunicación que lo trasladarán a la opinión pública más tarde, la aceptación normal e incluso cordial de una victoria que no solo es la de Feijoo, sino la de los cientos de miles de gallegos que lo han puesto en donde está.

El jueves hubo en el Parlamento un diputado que, en su línea habitual, convirtió el hemiciclo en una feria de improperios: cámara de gas, cámara de torturas, estado de sitio, expolio, exterminio, etnocidio fueron algunas las muy gruesas palabras que empleó Beiras para tirar a discreción contra lo que le disgusta, que es, como siempre, casi todo, pues él sigue creyendo que la razón no la dan a la postre los sufragios sino las patentes de galleguismo. Unas patentes de las que Beiras posee, por supuesto, el monopolio. Muy malo sería para todos que ese fantasma, el de la incivilidad, se adueñase del Hórreo y que fuesen los que consideran gallegos alienados a los que no les dan su voto los que fijasen, en adelante, la regla de comportamiento a la que han de sujetarse los diputados de la oposición.