De aviones y de hombres


El pasado domingo, una nave de Aeroméxico que cubría la ruta México D.?F.-Guadalajara (Jalisco) tuvo que abortar in extremis -muy extremis- un despegue por alguna avería que habían estado intentando solucionar en la hora previa y que provocaba un fuerte olor a quemado. Tres días después, el miércoles 28, un avión de la misma compañía que hacía la ruta contraria se vio obligado a efectuar, en el momento del aterrizaje, una «huida al aire»por tráfico en la pista. Lo curioso es que, apenas cuatro minutos después, el tercero de los aviones que lo seguían sufrió la misma emergencia. Yo iba a bordo del segundo y presencié la maniobra del tercero. Al hablar con el comandante, me respondió lacónico que probablemente un controlador con poca experiencia estaba juntando mucho los aviones. Yo, claro está, me acordé de la madre de este, pero en seguida pensé en mi suegra, que es del gremio (del de las madres de controladores, no del de pilotos) y abandoné mis malos pensamientos.

Hace ahora dos años, volé de México a Madrid en el único avión que aterrizó tras el cierre por parte de José Blanco, por entonces ministro de Fomento, del espacio aéreo español. Se ve que tan cerrado no estaba. Recuerdo, eso sí, la impresión del aeropuerto de Barajas completamente vacío. Ahora se está sabiendo por fin lo que yo iba conociendo entonces a través de mis cuñados -los hijos de la madre antes citada-. De cómo Aena había impuesto unas medidas laborales en cuanto a horas de trabajo, que iban a cumplirse antes de acabar el año, y que las normas internacionales de seguridad -los controladores son responsables civiles y penales de su trabajo- impedirían su superación. No obstante, el ministro, que quería abaratar costes para vender los aeropuertos y su gestión, tenía en su manga un arma española de destrucción masiva: el odio que siente el español hacia los ricos; y los controladores eran ricos. Azuzar a la opinión pública contra los privilegiados era coser y cantar.

De aquí, todo lo que les pueda referir es poco: a los controladores se los militarizó, se los insultó, se promocionaron demandas colectivas. El propio ministro dio la orden de que se interviniesen los teléfonos de los controladores -como lo oyen ustedes, la Gestapo de Goering en plena democracia-. Lo de los controladores aéreos ha sido uno de los episodios de linchamiento público más escandalosos de la democracia, que tiene aires de la revolución cultural de Mao, en que se desterraba a granjas de cerdos a miles de kilómetros de sus casas a aquellos? ¡que usaran gafas para leer! Y ahora los juzgados están volviendo las aguas a sus cauces. Dos años después, parece que se va haciendo justicia.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
33 votos

De aviones y de hombres