Seamos lógicos. Si a cualquiera de nosotros nos dijeran en septiembre que Artur Mas convocaba elecciones para perder una docena de escaños, hubiéramos respondido que no se puede ser tan tonto. Si nos dijeran que, como fruto de eso, su Gobierno iba a pasar de una gobernación cómoda a la necesidad de pactar para mantenerse en el poder, cualquier de nosotros diría que no se puede ser tan suicida o tan masoquista. Y si nos dijeran que, por la obsesión del señor Mas, Convergència i Unió iba a perder influencia y respeto, cualquiera de nosotros diría que un partido político nunca tolera ese resultado y, por tanto, CiU tampoco lo podría tolerar.
Pues bien: ha ocurrido todo eso. Y además, don Artur metió a Cataluña en una tensión peligrosa para la convivencia. Y además, creó incertidumbre en quienes están pensando invertir en su tierra. Y además, aumentó las dudas de todo el mundo sobre la unidad de España y su futuro, que los mercados penalizan. Por lo tanto, tiene lógica exigirle responsabilidades e incluso que surjan voces que reclaman su dimisión. Si no fuese por la bula de que parecen disfrutar los nacionalistas y si el señor Mas se llamase Rajoy, por ejemplo, la exigencia de dimisión sería un clamor nacional.
Pero tampoco hay que ensañarse: basta con mirar la foto de su comparecencia en su noche triste y leer el rótulo de su atril: «La voluntat d?un poble». Esa voluntad de un pueblo, que él se arrogó desde la Diada, le dijo que no. Pero atención: el no fue para él, para Mas, no para la independencia. Los partidarios de salir de España tienen tantos escaños como tenían. Los partidarios de hacer una consulta para decidir el futuro de Cataluña («derecho a decidir») son más que antes de las urnas. Si los constitucionalistas declarados solo pierden un escaño, es porque Ciutadans y lo que subió el PP compensaron la caída socialista. Por lo tanto, el fracaso es de Artur Mas, intransferible; de su proyecto personal y de su sueño mesiánico de llevar a su pueblo a la tierra de promisión.
Pero pensar que Mas va a renunciar es no conocerlo e ignorar su tenacidad. Hace dos semanas que ya renunció a la mayoría excepcional. Ahora se dará satisfacción a sí mismo con la mayoría soberanista y pretenderá seguir su hoja de ruta. Solo le puede frenar la evidencia de que, después de caerse del caballo, tiene que gobernar lo diario. Y lo diario es tan acuciante, tan dramático, que no puede aplazarlo cuatro años como su famosa consulta a la voluntat d?un poble. Y ahí es donde tropieza con Esquerra Republicana. Ahora nada depende de lo dicho en las urnas. Depende de cuál sea su prioridad. Si sigue siendo el Estado catalán, pactará con Esquerra. Pero con mucha menos autoridad.