Se cumplió un año del triunfo electoral de Mariano Rajoy la fecha tiene mucho más de cabodano que de aniversario. Porque no hay nada que celebrar. Porque estamos más para el luto que para la fiesta. Son malas o muy malas todas las variables económicas que permiten un balance objetivo de la gestión de Rajoy en su primer año. La economía española ha vuelto a entrar en la recesión con una caída estimada del 1,6 % del PIB, se han destruido cerca de 830.000 empleos y el número de personas en desempleo aumentó hasta asomarnos ya a ese abismo de los seis millones de parados.
El déficit público sigue siendo elevado y en consecuencia la deuda pública se ha incrementado en más de 90.000 millones de euros en los últimos nueve meses. La prima de riesgo está más alta que cuando el PP ganó las elecciones. La morosidad bancaria sigue empeorando y las familias y empresas no tienen crédito por culpa de un sistema financiero que sigue sin sanearse... Este es el balance cuantificable de la gestión de Rajoy: no hay crecimiento, no hay empleo, no hay equilibrio en las cuentas públicas y no hay solución a la crisis del sector financiero.
Pero casi peor que lo cuantificable es el estado de ánimo de la ciudadanía, porque parece que una ola de tristeza, de frustración, de miedo ante lo que puede venir ha inundado el país, del que solo nos salva el espíritu de lucha y movilización que sigue demostrando la sociedad española. Una especie de depresión colectiva ante el empobrecimiento y la desigualdad creciente provocados por las decisiones del Gobierno de Rajoy.
La subida del IVA y del IRPF, la bajada de los salarios de los trabajadores tanto públicos como privados, la reducción de la protección por desempleo, el deterioro de la sanidad y de la educación públicas, la práctica liquidación de la ley de la dependencia, los recortes de todos los programas de la política social y de las becas, el desplome de la inversión pública y del gasto en I+D+i, el aumento sangrante de los desahucios al tiempo que se da más dinero a la banca, el banco malo que pagaremos todos, el aumento disparatado de las tasas judiciales y la peor reforma laboral jamás sufrida por los trabajadores de este país, que disparó los despidos, son una potente batería de medidas bajo cuyo ataque se ha semidestruido nuestro ya débil Estado de bienestar.
En este año al mando, Rajoy solo nos ha infligido dolor y, lo que es todavía peor, se ha demostrado incapaz de mostrarnos cuál es su propuesta para salir de esta agonía. Y además está el fraude democrático, porque el PP ganó las elecciones con un programa electoral radicalmente diferente a lo que está haciendo desde el Gobierno. Nadie le puede discutir la legitimidad legal de hacerlo, pero sí la legitimidad moral, porque un programa electoral es un compromiso con los ciudadanos, en especial con sus votantes, que obliga a su cumplimiento.