Se cumple hoy el primer año de la espectacular victoria electoral de Rajoy con España sumida en una gravísima crisis económica, social e institucional. Era iluso esperar milagros, aunque pocos esperaban que la situación alcanzaría tan altas cotas de deterioro. Pero fue el propio líder del PP quien generó falsas expectativas en la oposición. Basó toda su campaña en repetir que una vez desalojado Zapatero del poder e instalado él en la Moncloa la confianza retornaría como por ensalmo y con ella la recuperación y la creación de empleo. Este planteamiento simplista y maniqueo se derrumbó rápidamente como un castillo de naipes y se demostró tan falso como la negativa de su antecesor a reconocer la crisis. Con las frías cifras de estos doce meses en la mano -en realidad once de gobierno-, el balance no puede ser más catastrófico. Un país en profunda recesión, con más parados que nunca, al borde del rescate, negras perspectivas para el año próximo y máxima tensión social, expresada en dos huelgas generales, innumerables manifestaciones de protesta y simbolizada en el drama de los desahucios Es misión harto difícil encontrar una sola variable económica que haya mejorado en este período. Ante este panorama desolador el Gobierno, en la línea del anterior, vislumbra fantasmagóricos brotes verdes y promete un futuro mejor, que ya posterga al 2014. Cuestión de fe. Puro voluntarismo. Mientras los recortes afectan a los sectores más vulnerables, la reforma de la Administración sigue pendiente, remitida a una de esas comisiones que se utilizan para postergar las decisiones que se quieren aplazar por falta de voluntad política para sacarlas adelante.
Es indudable que la herencia recibida ha pesado como una losa, así como la cada vez más degradada situación de la eurozona, asfixiada por las políticas de austeridad a ultranza que impone Angela Merkel. Pero el Gobierno también ha cometido errores. A día de hoy la reforma laboral, que se vendió como la panacea, ha demostrado ser una maquinaria para facilitar despidos masivos a precio de saldo, y los draconianos recortes, sin ir acompañados de estímulos al crecimiento, una garantía de depresión continuada. Fiarlo todo a la reducción del déficit en la condiciones marcadas por Berlín, caiga quien caiga, además de contraproducente es tremendamente injusto. Para mayor desasosiego, a la crisis económica se une la institucional, con una deriva independentista sin precedentes en Cataluña y el País Vasco.