E n mi etapa de máximo responsable del deporte en el territorio foral de Álava, entre 1999 y el 2002, tuve dos incidentes que vienen al caso. El programa del Gobierno donde tomé parte, Vitoria, ciudad del deporte, organizó más de treinta campeonatos de España. Por ello sufrí una moción de censura. Era «españolizar Álava». Creía dar buenas noticias entre los sucesos de violencia política, y promover la actividad económica propia de un sector que, sigue creciendo sin límites.
Además, tuve la grave acusación de «provocador» por parte de Javier Clemente, pues al estar el Deportivo Alavés en Primera División de la Liga de fútbol, solicité la presencia de la selección española en Mendizorroza, con la esperanza de que alguno de los finalistas de Dortmund, como mi amigo Pablo, centrocampista del club albiazul, fuera internacional. Pero, para el de Baracaldo, militante del PNV, aquello tenía tufo a españolada, y correspondía al nacionalismo dar carta de naturaleza sobre los conceptos democracia y fascismo; mientras «español» era insulto.
Ahora, vuelven al recuerdo tales asuntos. El jugador del Athletic de Bilbao Susaeta señala en rueda de prensa por televisión que la selección española, campeona del mundo y tres veces de Europa, representa a una cosa? Todo para no decir España, que resultaría conflictivo ante sus compañeros y público del estadio de San Mamés, donde se negaban a guardar un minuto de silencio por las víctimas del terrorismo.
Como tengo buena memoria, y he vivido mucho, no tengo inconveniente en recordar que la Mesa de Ajuria Enea, de la que formé parte durante diez años, pedía a los futbolistas vascos, incluidos a los que jugaban en el Fútbol Club Barcelona de Bakero, su solidaridad contra los secuestros de ETA, a lo que se negaron sistemáticamente, por considerarlo políticamente incorrecto?
Lo mismo puedo decir de Carlitos Arguiñano, a quien en el set de TVE en Bilbao, dónde comenzó su fama de gracioso cocinero «rico, rico», le eché en cara su insolidaridad con la misma petición que antecede y me dijo que no se metía en el asunto, ya que su restaurante, sito en Guipúzcoa, vivía de toda suerte de sensibilidades.
Aguanté, y pongo por testigos a mis amigos mariñanos, cómo el sector de hinchas-ultras del Deportivo Alavés, en cada partido dominical, me dedicaban: «Mosquera muérete» o «Mosquera, pim, pam pum».
«La cosa» no necesita más explicación.