Contar las habas

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

Hubo un tiempo en el que las decisiones corporativas y asamblearias se realizaban contando las habas blancas o negras que se introducían en una urna, de ahí la expresión popular «habas contadas».

Desde entonces las distintas contabilidades siguen la pauta clásica de contar el número de asistentes aplicando el científico método empleado por el gremio de cuberos o toneleros y patentado con el riguroso sistema de «a ojo».

Y así se fueron sucediendo los cien mil hijos de San Luis, las diez mil vírgenes o los innumerables mártires de Zaragoza. Hasta que llegó la delegada del Gobierno en la Comunidad de Madrid, la señora Cifuentes y, aplicando sin duda complejas formulas polinómicas, cifró la asistencia de la manifestación madrileña que cerró la jornada del día 14 de noviembre en 35.000 personas.

El aforo del estadio Bernabéu es de 85.000 asistentes sentados, el Calderón del Atlético tiene capacidad para 55.000, y el del Rayo Vallecano, para 16.000. Una jornada de partido de la Liga suma solo en los estadios madrileños 146.000 espectadores. Y en el concierto de U-2 que tuvo lugar en el estadio del Real Madrid, ocupando la totalidad del césped, acogió a ciento diez mil personas.

Treinta y cinco mil ciudadanos ejerciendo el democrático y constitucional derecho de manifestación caben en el origen de partida del gigantesco acto cívico, en la plaza de Neptuno.

Entre esa plaza y la de Colón donde concluyó, los carriles centrales de la calzada y las aceras, las plazas y las calles aledañas estaban, como dicen los castizos, «alicatadas»; no cabía un alma, estaban repletas de gente manifestándose pacíficamente. Era una fiesta cívica de centenares de miles de personas.

No entiendo, por tanto, el interés, la consigna política de minimizar, caricaturizando, el número de personas sacando colectivamente una inmensa tarjeta roja al Gobierno, que en ningún caso debe desoír el murmullo, la voz de la calle.

Seguramente es menester revisar el viejo esquema, el arcaico planteamiento de las huelgas generales, y sus oxidados mecanismos de funcionamiento, pero la queja organizada, desfilando por las grandes alamedas de las ciudades, es mucho más que una anécdota numérica. Verdaderamente el pueblo tiene voz en las urnas y en las calles, y les aseguro que no son habas contadas.