Desde el 24 de octubre de 1929 (Jueves Negro) hasta el 31 de diciembre, el New York Times registró alrededor de 100 suicidios o tentativas. La mayoría de las víctimas eran inversores, especuladores, adinerados que dejaron de serlo. No todos saltaban al vacío. Ese es uno de los mitos de la crisis del 29. Cuatro personas se suicidaron arrojándose a la calle y de esos cuatro solo dos lo hicieron en Wall Street. Los presidentes de County Trust Company y Rochester Gas and Electric, por poner dos ejemplos, se suicidaron con arma de fuego y con gas.
En España no se suicidan los millonarios, sino los pobres. Y lo hacen porque tenemos unos políticos que han mirado para otro lado hasta ahora, para oprobio de toda la ciudadanía. Se suicidan los pobres porque somos un país acomplejado ante el oropel, el fasto y la riqueza: España que prefiere la viga en el ojo del banquero que la paja en las ojeras del mendigo. El banquero paga diez millones de euros de fianza, y el pobre se parte la crisma en el asfalto. Y nadie ha hecho nada. Los desahucios son el espejo de esta sociedad que hemos construido. Podría decir que es una sociedad deshumanizada, pero pecaría de injusto: hay gente que se levanta a diario con la bondad y la generosidad entre los párpados. Sí digo, y sin ambages, que darle dinero a los bancos mientras los bancos sacan a la gente de sus casas por no pagarlas es indigno. Indigno e inhumano. Los bancos no tienen corazón.