Ir a la huelga es un derecho


La huelga es un poderoso instrumento de civilización porque las condiciones de trabajo y de vida que hoy disfrutamos se deben, en buena medida, a las miles de huelgas realizadas por millones de trabajadores en decenas de países a lo largo de la historia de la humanidad. Un historiador no tendría demasiada dificultad en seguir el rastro de nuestros derechos laborales de hoy en ese hilo rojo de huelgas que, de llevarlo hasta el final, llegaría a la arqueología, porque la primera huelga de la que se tiene referencia se realizó en el antiguo Egipto hace 3.178 años.

La jornada de ocho horas, el derecho a negociar convenios colectivos, las vacaciones, el derecho a la salud laboral, la igualdad y la no discriminación, cobrar cuando se está enfermo, tener pensión de jubilación, las indemnizaciones por despido, la protección por desempleo y un larguísimo etcétera de derechos que hoy consideramos naturales y básicos son en realidad conquistas de la lucha de los trabajadores en los últimos doscientos años de historia.

En democracia, la huelga es un derecho que está regulado por las leyes para proteger y amparar a las personas que lo ejercen. Por eso no es cierto que se produzca una confrontación entre dos derechos, el del que participa en la huelga contra el que no quiere hacerlo. Lo que se confronta es la voluntad de la mayoría de los trabajadores de unirse y luchar por defender sus intereses y la de una minoría que rompe esa unidad.

Es el conflicto entre el huelguista y el esquirol, en el que el primero es el único que ejerce un derecho, que en el caso español está recogido en la Constitución. Romper una huelga no es un derecho. Una opción sí, pero un derecho no. En realidad, la mayoría lo hacen porque no se atreven a ejercer sus derechos. El miedo a las represalias, al despido, a quedar mal vistos, a las amenazas, los lleva a renunciar a un derecho constitucional. Esa es la verdad.

El 14 de noviembre hay una huelga general en España. Y volveremos a ver ese conflicto. El de una mayoría de trabajadores conscientes de la gravísima situación en la que estamos y por eso decididos a luchar por sus derechos, por los de sus hijos, por los de la mayoría social, a no permitir que se desmantelen los derechos conquistados en esos doscientos años de huelgas.

Y por otro, los que por su situación laboral precaria, porque les puede el miedo, por su situación familiar, irán a trabajar, en muchos casos pasando vergüenza por hacerlo.

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