Artur Mas reinventa el Mercado Común

OPINIÓN

29 oct 2012 . Actualizado a las 06:00 h.

Si el Estado que quiere inventar Artur Mas se propone seguir siendo el centro de empresas y bancos que operen preferentemente en el territorio español, y de equipos de fútbol que ganen la Liga española y la Copa del Rey, y si desea que nuestras conexiones aéreas, terrestres y ferroviarias con Europa sigan generando un polo de atracción hispano-francés sobre Cataluña, ¿por qué se quiere marchar?

La razón es bien sencilla, ya que el verdadero proyecto de Mas no es otro que mantener idénticas oportunidades de negocio y clientela, pero sin pagar la cuota de solidaridad territorial y social que es esencial al Gobierno de los países serios y democráticos. Su idea es coger una parte de España, que considera rica por naturaleza, y montar una especie de Chipre -aunque sin patriarca ortodoxo- para no pagar cuotas de solidaridad, para poder competir con desleales especificidades fiscales contra Francia y España, y para que todo lo que depende del tamaño se lo ponga la UE completamente gratis y sin injerencias internas. Es como convertir a Cataluña en un parque temático de la astucia fiscal y la venta al por mayor.

Por eso hay que decir que el independentismo catalán es más rancio que el unto del año pasado, ya que solo trata de reponer la idea de un Mercado Común, al estilo británico, que Europa ya abandonó -por injusto e insostenible- en el Tratado de Maastricht. Una Europa verdaderamente unida no puede funcionar sin los importantes trasvases de solidaridad que se hacen en su interior, y que en esencia necesitan una creciente unidad de decisión, gestión y control. Y por eso no podría haber Europa si todos los ricos fuesen tan espabilados como Mas y se tirasen hacia el futuro por un tobogán en forma de embudo: unidos para el mercado y las infraestructuras, donde ellos venden, operan financieramente y adquieren el tamaño internacional que precisan, y soberanos para todo lo demás, para librarse de las cuotas de solidaridad que toda unión política y estratégica necesita.

Si eso triunfase, y la Unión Europea permitiese salir por una puerta para entrar por otra, la Región de París, Lombardía, Baviera, Madrid y Londres podrían pedir lo mismo, para seguir siendo los centros neurálgicos de la economía y las infraestructuras de la UE sin repartir su renta con los de Catania, Extremadura, el Alentejo o la Terra de Montes. Y todo el sueño europeo se iría al garete. Después, si un día regresase la Europa de las fronteras y los mercaderes, Cataluña volvería a pedir el ingreso en España -por la cuestión del tamaño y el mercado-, y otra vez volverían a decir que les aburrimos con los impuestos y no les agradecemos que nos vendan lo que ellos fabrican en tanta abundancia. Es el paraíso «masista», o de Mas, que, si sigue hablando como habla, puede convertirse en el charlatán más plúmbeo de Eurasia.