Los independentistas catalanes han encontrado un nuevo filón: ¡la agresión militar española! Según confesión de parte, en algunas zonas de Cataluña se oyó el ruido del paso de unos aviones de combate, y varios alcaldes se dijeron: ¡ostrás, que nos invaden! Después apareció el Ministerio de Defensa, siempre tan delicado y meticuloso, siempre tan dispuesto a no molestar, y se sintió en la obligación de explicarlo: es que íbamos hacia Baleares a unas maniobras y por algún sitio teníamos que pasar. No me fastidie, señor ministro de los ejércitos: ¿terminarán usted y el Gobierno al que pertenece pidiendo permiso para utilizar el espacio aéreo catalán? Siempre hay quien mejore a los independentistas, sin necesidad de invocar la españolización de José Ignacio Wert.
A continuación tenemos la banda de los cuatro eurodiputados, entre los que se encuentra una gallega del BNG, que escribieron a la Comisión Europea a solicitar auxilio, que Rajoy es un agresor belicista que quiere pasar por las armas el sagrado derecho a decidir. Dentro de poco dibujarán al buen don Mariano como Rambo con un cuchillo en los dientes por los riscos de Montserrat, a la caza de soldados que hablen catalán. Y cierra este festival de desvaríos un partido que pide un cameo en la película, se llama Esquerra Republicana de Catalunya, y le exige a Rajoy que se rinda; es decir, que declare ante el mundo que renuncia a mandar los ejércitos contra Cataluña. Tip y Coll deben estar lamentando no vivirlo para ponerle su célebre comentario: regardez la gilipolluá.
Gilipolluá sí, pero no locura de manicomio. Estamos ante la elevación del enemigo exterior a su máxima dimensión. Desde que el partido del señor Laporta lanzó aquella expresión de rabia y éxito de «España nos roba», el independentismo ha crecido sobre la idea de que España es un Estado que agrede la economía de los catalanes, esquilma sus bolsillos, expolia su riqueza, es el culpable de sus penurias y entra a saco en su recaudación fiscal. Ahora se da un paso más, un paso trascendente, y se llega al máximo: la perspectiva de la agresión militar.
Los políticos serios no acuden a ese mensaje ni lo secundan, pero tampoco lo desmienten. Lo dejan circular, supongo que con alborozo interno porque beneficia su estrategia soberanista. La lucha por la independencia es más emocional si se consigue vestirla con un manto de heroica defensa ante un enemigo que se está armando para ahogar los nobles sentimientos de la autodeterminación. Que ese enemigo sea solo imaginario es lo de menos. Lo que importa es proclamarlo y atribuirle la peor intención. Después de la mística del expolio, la mística de la agresión militar. Es falsa y perversa, pero no de locura.