Vas por la calle y te encuentras definidos a tres tipos de gallegos. Así estamos divididos. Uno, que crece tras estas elecciones, es el que no fue a votar o lo hizo en blanco o nulo. Son los que están tocados por la desafección de la política y que son más de ochocientos mil. Los otros dos son los mismos de siempre, solo que han perdido papeletas. Está el gallego que vota PP o Feijoo, que en algunos casos no está claro. Son menos que en el 2009, pero pasan de los seiscientos mil. Y de los seiscientos mil pasan también los gallegos de izquierdas, aunque esta vez divididos en tres y perjudicados por el recuento porcentual. Elecciones tras elecciones se repite la fractura en esas dos Galicias que sí votan (la conservadora y la de izquierda). El PP se beneficia, además, del caladero rural, que tiende a elegir poder, y de la excepcionalidad de que Galicia es la única comunidad histórica sin nacionalismo de derechas. Y todo esto sucede en un país con más de 260.000 parados y con unos 750.000 jubilados, con las pensiones más bajas del Estado (700 euros de media en esos hogares de los mayores). Es lo que hay. Y Feijoo tiene que gobernar para los tres, para todos. Es e-vidente.