Estamos que no cabemos en nosotros de gozo. No hay día en que no amanezcamos rodeados de dicha por todas partes. Antes de que se agote la satisfacción por ver a casi toda la población acongojada por el presente y el futuro económico, aparece el Fondo Monetario Internacional y satisface nuestros instintos masoquistas con sus anuncios apocalípticos. Y da la impresión de que disfrutamos con ellos. Leer y oír ayer a los medios informativos era asistir a una competición por ver quién recogía el aspecto más negro de las predicciones de esos profetas del desastre. Unos se recreaban en vernos como subcampeones mundiales de la recesión el año que viene. Otros preferían detenerse en el sugestivo panorama del déficit, cuyo 3 % no se alcanzará hasta el 2017. Otros le refregaban al Gobierno la perspectiva de caída del 1,3 el año que viene, cuando el Gobierno basa sus presupuestos en el 0,5.
Así, hasta el infinito. Cuando alguien se atreve a decir que el FMI también se equivoca o recuerda sus grandes errores históricos de pronóstico, dan ganas de mandarle callar al grito de «no seas aguafiestas»; que nadie nos estropee esta orgía de malos datos y augurios catastrofistas. Desde luego, si el FMI o cualquier otro profeta se animase en estas fechas a decir que vamos a crecer o a mejorar, aunque sea una décima, no tendría ni la mitad de eco mediático o serviría para recuperar la incredulidad proverbial de un brote verde. Pero aquí es que se juntan las hambres con las ganas de comer. Para los informadores, ya se sabe que la buena noticia es la mala. Para los políticos de oposición, un buen desastre es un hermoso fracaso del Gobierno. Para los sindicatos, cuanto peores sean los pronósticos, más descalificados quedan los Presupuestos y por adelantado? En resumen, que el desastre en España produce más complacencias que disgustos.
Y después nos preguntamos por qué hay tanto pesimismo sociológico en este país. ¡Leñe, cómo no lo va a haber? Si esto parece una confabulación de cenizos. Entre lo que temen tantos miles de currantes, que es un expediente de regulación de empleo; lo que tiene que hacer hoy la Cruz Roja, que es pedir para los pobres españoles; lo que dice el Gobierno sobre Cataluña, que si se divorcia nos echarán hasta del euro; los datos que ya casi no se publican de desahucios y los informes de los servicios de estudios, esto es el paraíso del hipocondríaco social. Pero que nadie se amilane: cuanto peores sean los diagnósticos, más fuerzas tendrá el Gobierno en su heroica cruzada contra el déficit y decretar más recortes. Ese es, en el fondo, el benéfico servicio que nos hace el Fondo Monetario Internacional. Y no me atrevo a decirlo por escrito: y la madre que lo parió.