D emasiado para un marcador de balonmano, ni en un partido generoso. Escaso para un partido de baloncesto, ni con las defensas más secantes. 38-37 es el marcador que se puede dar en las elecciones gallegas y obliga a jugar a tope hasta el último de los segundos. Feijoo no puede permitirse el lujo de perder ni un voto si quiere alcanzar el 38 de la mayoría absoluta. Tiene que luchar contra sus siglas y huir de Rajoy y sus ministros. Así es que hace todo lo posible por insistir en que Galicia se juega que siga él o que llegue el caos de un pacto entre tres o cuatro partidos. Los rivales están en el juego contrario. Deben dar la sensación de que van solos, no de la mano, aunque no paren de soñar por las noches en llegar a la suma de 38 que provocaría el cambio de Gobierno y el movimiento de mesas en Raxoi y San Caetano. Las encuestas juegan con sus horquillas, pero dejan claro con las enormes bolsas subterráneas de voto oculto y de posible abstención que la noche del 21 de octubre se contarán los votos como si cada uno valiese oro. Y es que esta vez en Galicia todo está tan abierto que cada papeleta vale oro. 38 es fiebre, pero Feijoo la necesita para gobernar.