La calle está crispada. Vamos camino de los seis millones de parados, el panorama que se intuye para el próximo año es poco menos que desolador, se presentan unos Presupuestos más que restrictivos y páginas y páginas de los boletines del registro mercantil se llenan de quiebras de empresas.
Hasta el momento, la mayoría de las protestas de funcionarios, de parados, de trabajadores de compañías en vías de extinción, de chavales sin futuro, de jubilados con exiguas pensiones, de deudores al borde del desahucio han sido pacíficas. Extrañamente pacíficas, según algunos, a juzgar por lo que sucede en otros pagos. Pero la reacción violenta a la violenta tensión a las que están sometidos los ciudadanos tampoco es plausible.
Como la cosa está que arde resulta inconveniente acercar la cerilla a la gasolina. Y eso es lo que hace el ministro del Interior cuando felicita a la policía por su actuación en la manifestación del martes en Madrid. Hay imágenes en las que se observa algún exceso de una pequeña parte de los manifestantes, pero también las hay de unas cargas de los agentes que parecen desproporcionadas. El máximo responsable de la seguridad está en su obligación de proteger el Congreso de los Diputados si hay un riesgo cierto, aunque tal vez haya que revisar esa especie de sacramento que impide que los ciudadanos se hagan oír a sus puertas mientras sus señorías debaten dentro. Pero equiparar, como hizo De Cospedal, a los manifestantes con los golpistas del 23-F es tan desatinado como asimilar al PP con el fascismo.
La calle está crispada. El Gobierno ha de mantenerse sereno.