Hace 25 años


En las elecciones autonómicas de 1985 ningún partido político obtuvo mayoría absoluta. Por tanto, el Gobierno se sustancia en una votación en la sede parlamentaria, lugar de donde sale elegido el presidente de la Xunta de Galicia. Esta reflexión es fundamental para poder explicar lo que sucedió hace 25 años. En aquel momento, la situación era complicada. De una parte, los ciudadanos reclamaban acciones de gobierno firmes pues no deseaban perder, de nuevo, la cita con la historia. Galicia se estaba quedando al margen de las grandes decisiones nacionales y europeas; y se notaba que estábamos huérfanos de un proyecto viable. De otra parte, el Gobierno de la Xunta, en manos del PP, se había resquebrajado de tal forma que el grupo que lo sustentaba perdía en el Parlamento todas las votaciones. O sea, una situación critica en la que el Gobierno no garantizaba la gobernación ni el propio quehacer diario.

Las reclamaciones de los agentes sociales y económicos eran constantes; se exigía un proyecto y un acuerdo para enderezar el rumbo. El artífice de los Pactos de la Moncloa en la transición política española, el profesor Fuentes Quintana, lo reflejaba de manera muy clara: «La política debe hacer posible lo que es económicamente necesario». Aunque sea una visión muy instrumental de la política, en ocasiones especiales resulta básico dar ese paso de cara a adoptar decisiones.

La moción de censura constructiva, regulada institucionalmente, lleva consigo una crítica al Gobierno saliente y la obligatoriedad de presentar una alternativa para los próximos años. En septiembre de 1987 se presenta dicha moción; y se gana. Era lo lógico, porque había un indisimulado desgobierno y porque todavía quedaban más de dos años de legislatura. Como diría Popper, «uno de los rasgos fundamentales de la democracia es la alternancia en el poder».

El Gobierno Laxe inicia su andadura definiendo un proyecto abierto para un país que debe ser más dinámico y más competitivo. Dicho Gobierno tiene claro que hay dos cosas que no se deben hacer. La primera, caer en la tentación lampedusiana de hacer que cambie todo para que no cambie nada; y la segunda, poner todo patas arriba, o la tentación de volver a empezar sin preservar lo esencial. Se optó por un cambio reformista y regenerador. Fíjense que yo era el presidente más joven de España, con treinta y cinco años.

Se afrontó un cambio de verdad, con un saldo final que arrojó un resultado socialmente positivo, con una amplia capacidad de movilización; y con una fuerza muy robusta para vencer las resistencias de algunos. En tiempos de dificultades, «los jóvenes maduros», que yo acostumbraba a decir, fuimos capaces de ser ambiciosos en los objetivos sin esconder nunca la verdad, pues se pretendían objetivos alcanzables.

Aquella experiencia no fue un proyecto clásico de la izquierda, sino que se adaptaba constantemente a las nuevas realidades. Al punto que fui criticado por encabezar una «izquierda de gestión»; aunque, admitían, «identificada con un proyecto».

Dicho proyecto estaba compuesto y estructurado en varios ejes vertebradores. Todos poseían alma, espíritu y forma. Se sabía orientar y dar sentido a los procesos de transformación social. Tenía coraje para afrontar dificultades, al tiempo que generaba confianza y credibilidad. Un Gobierno atento a lo que sucedía y realista en los planteamientos. Poseía voluntad y sentido de pactar en la búsqueda de acuerdos. Esto es, de definir y subrayar nuevos marcos de convivencia.

Podríamos establecer cuatro grandes ejes en el campo de las realizaciones. En el eje institucional, destacan las leyes que hacen referencia a la financiación local; a la coordinación de las diputaciones; a la creación de la Escola Galega de Administración Pública y a la capacidad de disolver y convocar elecciones por parte del presidente, competencia no contemplada en el Estatuto, que me costó muchas desazones con el Gobierno central. En el eje modernizador se apostó por los sectores económicos buscando ganar en productividad y mejorar nuestro posicionamiento internacional. Subrayo la ley de montes vecinales en mano común; la del comercio interior; la de ciencia y tecnología; la creación del Parque Tecnológico de Galicia y del Igafa; la creación de las universidades de A Coruña y Vigo o la puesta en marcha de los auditorios y palacios de exposiciones de Santiago y A Coruña; el Centro Galego de Arte Contemporánea en Santiago o el Coliseum en A Coruña. En el eje del bienestar, destacan por sí solos los numerosos centros de salud (más de un centenar); la escolaridad al 95 %; el plan de viviendas sociales o los nuevos marcos de relaciones laborales, de común acuerdo con los agentes sociales y económicos. Y, finalmente, en el campo de la proyección exterior, sobresale la nueva concepción de las ayudas a los centros gallegos; la apuesta por la Eurorregión Galicia-Norte de Portugal y la creación de la Fundación Galicia-Europa.

El balance del Gobierno Laxe fue reconocido por las urnas y por el tiempo. En el primer caso, los resultados alcanzados en la posterior cita electoral fueron los más altos logrados por un socialista, no superados hasta el momento. Y, en el tiempo, porque a fuer de ser sinceros, la sensación de recuerdo es muy positiva, como lo prueban las altas ratios de valoración que alcanza.

Ahora, pasado un cuarto de siglo, se podría decir que aquel Gobierno logró marcar un modelo de afirmación colectiva, puesto que confiaba en las posibilidades y capacidades de una sociedad. Y, a medida que se generaba confianza, los compromisos eran más firmes dentro de una atmósfera global equilibrada. Hoy en día, estos atributos escasean. De ahí el actual desasosiego y desencanto. Pero es evidente que todavía seguimos comprometidos con Galicia, si cabe mucho más que cuando tomamos posesión.

Por Fernando González Laxe Expresidente de la Xunta de Galicia

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