Nunca he comprendido qué es lo que puede llevar a un trabajador de izquierdas a sentirse políticamente más unido a un empresario de derechas por el hecho de haber nacido en su misma tierra, que a un obrero de izquierdas que haya llegado al mundo allende las fronteras de su pueblo. Es esta incapacidad para atrapar la esencia del nacionalismo la que me impide entrar en el fondo del debate soberanista. Me limito a constatar que, en democracia, existe el derecho a reclamar por las vías establecidas la independencia, un Estado propio o cualquier otra cosa, sean uno, miles o un millón seiscientos mil los que lo hagan. Allá cada cual con sus prioridades.
Lo que sí me parece delirante es que alguien trate de convencernos de que es casual el hecho de que, después de más de un siglo de nacionalismo catalán, sea precisamente ahora, en medio de una crisis económica sin precedentes, cuando se exacerba la reivindicación independentista y se exigen soluciones inmediatas. Uno se imagina a las autoridades europeas, que llevan meses pidiendo decisiones rápidas frente la bomba de relojería que supone la posibilidad de que España pida un rescate, con los ojos como platos ante semejante esperpento. Ejem..., señores de Cataluña y de España, disculpen que les moleste en medio de su apasionante debate, pero no sé si recuerdan ustedes que tienen un país en ruinas. Y que Cataluña no tiene dinero para pagar las nóminas a fin de mes y ha tenido que pedir su rescate al Estado.
Cómo tiene que estar uno de mal para pedirle al Estado español, en la situación en la que se encuentra, que le rescate. Quiero decir que es triste tener que pedir dinero, pero tener que mendigárselo a un pobre resulta ya algo penoso, que te sitúa no en la pobreza, sino en la miseria absoluta. Quizá fuera conveniente por ello que unos y otros concentraran sus esfuerzos en salir de este agujero, a ser posible sin dejar a nadie tirado por el camino, sea catalán, gallego, andaluz o murciano, y dejaran para más adelante la discusión sobre si Cataluña debe ser una autonomía más, un Estado libre asociado como Puerto Rico, un Land federal como Baviera o hasta un coprincipado como Andorra, si es el caso.
Si no fuera porque lo estoy viendo y leyendo, no creería que un presidente de la Generalitat como Artur Mas, que ha llevado a su comunidad a la más absoluta de las bancarrotas y ha hecho los mayores recortes sociales de la historia democrática, incluyendo el cierre de hospitales, la clausura de quirófanos o el impago a las residencias de ancianos, es recibido como un héroe en Cataluña por haber ido a Madrid a pedir más dinero y regresar sin nada. Lo que hace especialmente antipático este último rebrote independentista es que nazca de un conflicto fiscal, y no identitario. Y que se enarbole bajo el lema «devuélvannos nuestros impuestos». Es decir, en medio de la crisis y la ruina, nuestros pobres están primero. Y luego, los demás.