No es, desde luego, una peculiaridad de la política española, pero ha adquirido en ella caracteres de arquetipo: casi nadie que ocupa un cargo público se va a su casa de forma voluntaria para retomar, así, plenamente su vida personal, profesional y familiar.
Con poquísimas excepciones, que confirman la regla general, los políticos solo se marchan si otros deciden retirarlos: cuando son defenestrados en el partido, quedan achicharrados en el desempeño de sus cargos o pierden las elecciones a las que se presentan. Para algunos, los más correosos, la resolución definitiva viene, al fin, de más arriba: son los que, con su cargo, dejan, por desgracia para ellos y los suyos, todo lo demás.
Ese y no otro es el motivo por el que una declaración que resulta de una lógica aplastante -la de quien anuncia que se va porque desea recuperar una vida personal que ha tenido medio abandonada tras tres décadas de dedicación a la política- es recibida con una desconfianza general: muy pocos se creen que Esperanza Aguirre haya dimitido de su cargo y dejado la política por las razones personales que la dirigente popular expuso el lunes. Y muy pocos se lo creen por una sencillísima razón: porque tal cosa resulta, por infrecuente, casi insólita. Y, sin embargo?
Sin embargo, hoy sabemos que la profesionalización de la política -consecuencia en no pocos casos del hecho de que quien a ella se dedica no tiene una profesión alternativa- está en el origen de muchos de los males que aquejan a los sistemas democráticos, donde los políticos, constituidos en una élite separada de la sociedad, acaban por comportarse como autistas. Nadie lo ha explicado mejor que el filósofo alemán Hans Magnus Enzensberger en un texto memorable titulado, no por casualidad, Compasión por los políticos: su aislamiento «es el que fundamenta su típico enajenamiento de la realidad y el que explica que sean, normalmente, y al margen de su capacidad intelectual, los últimos en percatarse de lo que pasa en la sociedad». Esa profesionalización, de efectos en general devastadores, es además difícil de evitar, pues «la carrera política funciona como una nasa. Es fácil entrar en ella, pero abandonarla muy difícil. Al que se haya dejado atrapar tiene que parecerle como si solo tuviera una salida: el camino hacia arriba».
Tanto que no pocos han interpretado la marcha de Aguirre como la consecuencia de su incapacidad de subir más. Es posible que sea así. Pero, por el bien de nuestra democracia, a mí me gustaría que acabase por confirmarse la versión rosa de su historia tal y como nos la ha contado la dirigente madrileña. Si resultase de ese modo, y cundiese su ejemplo en todos los cargos y partidos, nuestra democracia, que cambiaría esclerosis por renovación, saldría ganando sin ningún género de dudas.