Parece que hoy toca estar más contentos que unas pascuas. Miren que el señor Draghi lo puso difícil con el aviso de «condiciones estrictas» y la exigencia de pedir el rescate. Pero anunció lo más esperado, que era la compra de deuda española, y se desató la euforia: subió la caprichosa Bolsa, bajó la más caprichosa prima de riesgo y España colocó letras o bonos a buen precio. Especuladores e inversores hicieron caso omiso de la mala imagen de un rescate y de las condiciones, quizá porque estas solo las pagan los pobres y no es asunto suyo. Hacía mucho tiempo que no vivíamos un día con tan buenos resultados en la cúspide económica. Los parados no lo notan, pero De Guindos, siempre tan elocuente, podría decir que se han puesto las bases para que lo empiecen a notar.
Todo esto ocurrió en el brevísimo plazo de un par de horas. Tres días antes se había demostrado el valor económico de una palabra, con tal de que la pronuncie un poderoso. Fue sugerir Draghi su buena intención y la prima de riesgo empezó a caer: 60 puntos en tres días. No será este cronista quien disminuya la euforia y se pone a pensar que lo mismo se ha empezado a arreglar el problema de la deuda. Tanto es así, que está por proponer que concedan el Nobel de Economía al primero que dijo que la solución estaba en el Banco Central Europeo. Puede ser que haya descubierto la piedra filosofal.
Ahora, visto el resultado provisional, no me voy a amargar pensando en los recortes que nos van a imponer. No me voy a dar latigazos con la reflexión de que las Administraciones siguen gastando más de lo que ingresan. Me limito a destacar lo fácil que era la solución y lo mucho que tardaron en encontrarla. Esa tardanza nos ha costado miles de millones de euros: los que estamos pagando y tendremos que pagar en los próximos años de intereses y que nos han empezado a descontar en servicios sociales, sanidad, educación y en lo que nos detraen por el IVA y otras imposiciones.
Por lo menos, nos podían indemnizar. Cuando un ciudadano particular perjudica a otro, le causa daños morales o físicos o le provoca un lucro cesante, los tribunales decretan una indemnización. Aquí somos 47 millones de ciudadanos perjudicados en nuestra vida diaria, en nuestra capacidad de consumo, en nuestro bienestar e incluso en nuestra confianza para afrontar el futuro. Y los culpables de los últimos recortes no somos nosotros. Son los que, pudiendo frenar esa sangría, nos dejaron en manos de los especuladores que se han hecho ricos a costa de nuestra necesidad. Propongo que entre todos constituyamos una asociación de damnificados del Banco Central Europeo, de la Comisión Europea o del Gobierno alemán.
Lo malo es que no sabríamos dónde presentar la reclamación.