La realidad británica, rica y peculiar, suele ser interesante. Quizás por eso también lo sea su ficción. Y sus obras logran dar lustre a la televisión, un medio habitualmente ensuciado desde dentro y menospreciado desde fuera, pero que en los últimos tiempos mantiene vivos regulares destellos capaces de desmentir por momentos que es la pobre hermana menor del cine. La pequeña pantalla cobra otra dimensión si se cuenta una historia diferente con un guion que nunca pierde el ritmo y no permite el riesgo del pestañeo, si se recurre a una cantera inagotable de actores que hunden sus raíces en antiguos teatros y versos escritos haces siglos, y si se consigue en sus imágenes eso que es tan complicado como pintar el aire sobre la planicie de un lienzo: la atmósfera. El penúltimo hallazgo procedente del Reino Unido que juega con esta mano de cartas es Black Mirror, que ayer se convirtió en uno de los temas del día entre los cazadores audiovisuales. Una serie que estrictamente no lo es, con tres episodios independientes, pero en los que se siente un mismo corazón. Un producto diferente. Un guiño al presente y un salto crítico y feroz al futuro. Con acrobacias. De un irreal realismo. Tan digerible como indigesta. Que pesca sus argumentos en el océano de las nuevas tecnologías con humor e irreverencia, sin caer en papanatismos. No es plato para todos los gustos ni apto para cualquier estómago. Ácido. De poso amargo. Especiado. Siempre fuerte. Provocará reacciones de todo tipo. Desde la risa a la polémica. Difícilmente la indiferencia. Y, sobre todo, entretenimiento y reflexión. Dios salve a la ficción británica.