Breve reflexión sobre el eccehomo de Borja

OPINIÓN

Hace seis años que fui a Borja, donde, además de cosechar un vino excelente, a la vera del Moncayo, y de ofrecer evocaciones impagables sobre los Borgia de Roma y los Borja de Gandía, se puede instalar el centro de operaciones para visitar monumentos tan excepcionales como el monasterio de Veruela y la catedral de Tarazona. Claro que en aquel momento nadie me habló del eccehomo de Elías García, el óleo sobre madera que, a pesar de su más que meritoria factura, no alcanzó fama universal hasta que Cecilia Giménez, anciana bien intencionada, y osada donde las haya, logró convertir el cuadro en un verdadero eccehomo.

Viendo la mesurada y caritativa reacción de los vecinos de Borja, entre los que se cuenta una nieta del pintor, no seré yo quien haga leña ni burla de tanto disparate. Pero en mi condición de politólogo, que aprovecha todos los arroyos para llevarlos a su molino, no quiero perder la ocasión de hacer cuatro reflexiones de gran valor pedagógico. Veamos.

Lo primero que hay que decir es que el caso del eccehomo de Borja es exagerado, o esperpéntico, pero dista mucho de ser singular. Porque hace mucho tiempo que las intervenciones sobre patrimonio se encargan más por la mera titulación técnica, o por suponer al presunto restaurador una buena voluntad, que por tener conocimiento fehaciente de la experiencia y sabiduría de los responsables. A cualquier pipiolo se le mete en las manos una iglesia románica, una catedral o un castillo medieval. Y por eso no es extraño que los aficionados a disfrutar del patrimonio nos llevemos disgustos tan serios y justificados como los que se llevaron en Borja con su eccehomo.

La segunda idea gira en torno a la creciente convicción social de que todos valemos para todo, de la que es especial víctima la política. Porque una parte importante de los gestores a los que le hemos encomendado la gestión de lo público no saben más de lo suyo de lo que sabía Cecilia Giménez de eccehomos. Y por eso son tantos los casos en los que nuestros ayuntamientos, nuestras Xuntas, nuestros ministerios o nuestras universidades quedan, al paso de cuatro u ocho años, como el eccehomo de Borja, frente al que todos se hacen -sin la lógica que asiste a los borjianos ante su Cristo- cruces y misereres.

La tercera advertencia va hacia la fama, que, lejos de llegar siempre por la virtud o el buen hacer, llega cada vez más de la mano del disparate, la ignorancia y la osadía. Y la cuarta tiene que ver con las redes sociales, cuyas simpatías y adhesiones dependen más de la actitud lúdica de sus usuarios que del racional criterio de cualquier vecino de Borja o del mundo entero. Porque hoy tenemos mucha más capacidad de destruir arte, historias y mitos que de construirlos. Y porque el mundo avanza en casi todo menos en cultura, sensibilidad y estética.