El mayor dilema que se le presentó a Feijoo desde 1966 -cuando le preguntaron por última vez si quería más a papá o a mamá- es este de convocar o no convocar anticipadamente las elecciones. Pero lejos de ser un dilema dramático, de esos que presagian una desgracia en cada alternativa, es un dilema lúdico, porque da lo mismo que convoque antes o después, y porque lo que más le preocupa a la gente en este final de agosto es el precio de la sardina fresca.
El lehendakari, en cambio, no tuvo ningún dilema, porque a él no le quedaba más remedio que convocar. En Euskadi hay un gobierno que ya no puede tomar ninguna decisión, que está siendo acosado por el amigo parlamentario -el PP de Basagoiti- que le permitió vivir de okupa en Ajuria Enea, y que le impuso el discurso regeneracionista que ahora se derrumba. Al contrario de lo que se presume para Galicia, el lehendakari López no tiene ninguna posibilidad de sucederse a sí mismo, y por eso carece de sentido que sea él quien fije el techo de gasto para 2013, quien introduzca los recortes en el nuevo presupuesto, y quien asuma que las elecciones no se van a celebrar en clave de excepción política (la paz, la normalización electoral, la reconciliación y la dignidad), sino en clave de puñetera crisis (recortes, impuestos y reformas estructurales), y experimentando el fracaso final de la constitucionalización forzada de Euskadi, cuyo efecto inmediato va a ser el parlamento más soberanista de la historia.
Feijoo, en cambio, aspira a sucederse a sí mismo, y dispone una capacidad de decisión tan apabullante que le permite inocular al Parlamento una anemia consentida que, con el apoyo de los sectores más antipolíticos de la sociedad, le garantiza una mayoría barata y absoluta. De acuerdo con lo que él mismo pregona, también tiene perfectamente hechos todos los deberes relativos a los recortes, al déficit y al maná celestial que, por su intercesión, cae sobre Galicia. Y por eso a Feijoo le da lo mismo convocar que no convocar, porque nada parece cambiar ni para él ni para Galicia si optamos por cantar a coro con los vascos el 21 de octubre, o si interpretemos solos, cuando llegue la primavera, la grande y romántica aria de la galleguidad bien entendida.
La única razón objetiva para una convocatoria electoral anticipada es coger en las patatas a una oposición que, habiéndose dividido en el momento menos oportuno, anda ahora, desnortada y apresurada, reconstruyendo su añorada unidad. Por eso, en vez de un dilema peliagudo, Núñez Feijoo tiene ante sí el juego solitario de los adelantos, que puede llevarle a salir por cualquier registro. Porque sus dos alternativas son «seguir así» o «continuar como estamos», y porque en la Galicia feijoísta hasta la crisis tiene un halo de tedio y monotonía que diluye la crisis en salsa felicísima.