Están abiertas al debate las propuestas del anteproyecto de Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa. Aunque no sea el mejor momento para reformas, el Gobierno del Estado debe acometerlas. Por dos razones. Una, para intentar mejorar la deficiente preparación de nuestros alumnos y la alta tasa de abandono escolar temprano. Dos, para aplicar, por fin, los principios esenciales del Partido Popular, en educación. Su única ley aprobada, con excepción del ámbito universitario, fue la Ley de Calidad de la Educación (LOCE), de finales del 2002. Apenas llegó a entrar en vigor, porque el Partido Socialista Obrero Español la derogaba en el 2006, aprobando la actual Ley Orgánica de Educación (LOE). Además, la LOCE no contenía las reformas reiteradamente anunciadas por el PP.
El PSOE gobernó durante 22 años. Se consiguieron importantes avances. Por ejemplo, la plena escolarización de los niños de 3 a 16 años, el fomento de la igualdad de oportunidades o el aumento de recursos. Pero se creó una cultura del facilismo y la promoción automática.
Se confundió igualdad de oportunidades con igualdad de resultados y autoridad con autoritarismo. El resultado es un sistema educativo en el que los títulos apenas tienen valor y no se reconoce el esfuerzo y el conocimiento. Familia y escuela están divorciadas. Hay una absoluta carencia de sólida base en técnicas instrumentales y conceptos imprescindibles. A pesar de ello, no muy lejos de un 90 % aprueba la selectividad, accediendo a unos estudios superiores devaluados y alejados del mercado laboral.
El Partido Popular ha gobernado menos de nueve años. Ahora le toca intentar su cambio. Las propuestas son ambiciosas: refuerzo de la base, reválidas al final de las etapas, supresión de asignaturas, promoción con el aprobado, acceso anticipado y potenciación de la Formación Profesional, etcétera. Pero como dijo T. Husén, la reforma de la educación no puede sustituir a la reforma de la sociedad. El éxito no va a depender del Boletín Oficial del Estado, sino de un progresivo cambio social, en especial de la familia. Muy grande sería el progreso sin la sobreprotección de los hijos y el temor a traumatizarlos, con la exigencia de esfuerzo y sacrificio.
Quizás la actual crisis suponga un punto de inflexión en este sentido.