De los Juegos Olímpicos de Londres, además de los récords y del espectáculo, quedarán espléndidas historias de éxito logrado gracias a enormes dosis de sacrificio y de esfuerzo personal desplegado día a día durante años.
Como la de la medalla de Maider Unda, la luchadora vasca que compagina el pastoreo y la producción de quesos en la explotación familiar con el entrenamiento en el gimnasio habilitado en su propia casa y que, a sus 35 años, consiguió repetir participación en los Juegos y quitarse la espina del quinto puesto que le supo a derrota en Pekín.
O la capacidad de superación del equipo femenino de balonmano que, liderado por la gallega Begoña Fernández, supo rehacerse de la amarga derrota en semifinales para lograr un bronce con sabor a oro en un partido con final feliz logrado a base de fortaleza física y sobre todo mental para superar dos prórrogas de infarto.
O la frialdad, el poder de concentración y el fruto de cuatro años de duro entrenamiento solitario que permitieron a David Cal remontar desde el quinto puesto hasta la medalla de plata en los últimos 250 metros de carrera a base de velocidad increíble y esfuerzo sobrehumano.
Son algunas de las demostraciones de capacidad de superación de jóvenes que ayudan a pensar en que este país al borde del abismo debe ser capaz de remontar la situación en que nos han colocado la irresponsabilidad de algunos y el desconocimiento alegre y confiado de muchos. Y repetir la gesta de un desarrollo logrado en gran parte a base de carreras universitarias pagadas con remesas de amargo dinero emigrante o con jornadas inacabables de pluriempleo mal pagado.