Si a todos los catedráticos que dijeron que «España es demasiado grande para ser rescatada» les quitásemos los sexenios, la universidad española quedaría reducida oficialmente a una congregación de becarios. Si a los políticos conservadores que dijeron que «España no necesita ser rescatada» les obligásemos a dimitir, al PP no le quedaría más remedio que gobernar con los reservas. Si a los políticos de la oposición que solo dijeron que «hay políticas de crecimiento alternativas o complementarias a los recortes», pero nunca dijeron cuáles son esas políticas, ni cuánto dinero se necesita para hacerlas, ni quién va a poner ese dinero, les pidiésemos que diesen paso a una nueva generación, ninguno de los actuales diputados del PSOE, UPyD e IU conservaría su acta. Y si a los periodistas que cuando Merkel o Draghi dicen una cosa le entienden otra les pidiésemos que dejasen de informar, nos quedaríamos sin periódicos, sin tertulias y sin orgías televisivas.
Y esto se debe a que, metidos en un lío tan grande como el que tenemos, perfectamente cuantificable, con orígenes conocidos, con dependencias perfectamente trazables y con acreedores determinados, y habiéndonos integrado voluntariamente en un sistema en el que los efectos de las ocurrencias y de las «clásicas recetas» se trasladan de un país a otro con la velocidad del rayo, y cargan las cuentas ajenas con los pecados propios, nos hemos empeñado en vivir de los tópicos, y en no darle ni una sola oportunidad ni al raciocinio ni a la evidencia.
Ahora resulta que España va a ser doblemente rescatada, con un parcial para el sistema financiero y un general para el Estado. También sucede que nadie tiene un plan alternativo, y que Hollande no está ni se le espera. Asimismo se sabe que todas las audacias de Rubalcaba -«yo no tocaría ni la educación, ni la sanidad, ni las pensiones»- dependen de que haya otro que ponga su dinero a cambio de nada y sin garantías, o de que haya un loco al frente del BCE que, a base de imprimir billetes, inunde toda Europa con papel de estraza.
Por si algo faltaba, Luis de Guindos está missing; Montoro se ha convertido en el «ministro de la prima de riesgo»; Soraya solo sabe razonar con obviedades -«el Gobierno está trabajando y la oposición no hace propuestas»- al estilo de Fernández de la Vega. Y Mariano Rajoy precisa meses para ser empujado a las decisiones obvias y evidentes que, por estar afectadas por las minas que él mismo sembró durante el fin del zapaterismo y las elecciones, no se atreve a tomar. Por eso necesitamos urgentemente que nos rescaten por doble vía. Para que empiece a llegar la pasta que necesitamos con tanta urgencia; y para que alguien nos gobierne. Porque cada día perdido, querido Mariano, es como un bloque del muelle de Langosteira atravesado en la salida del túnel.