Denme un punto de apoyo y no fallaré ni una

OPINIÓN

04 ago 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

La semana pasada terminó con una explosión de euforia -de la Bolsa, la prima de riesgo y los comentarios y editoriales- que tenía por único fundamento una declaración de Draghi que, lejos de ser leída en sus estrictos términos, fue interpretada a la medida de una España que, en vez de hacer sus deberes de una puñetera vez, sigue esperando el imposible milagro de una deuda cuantiosa e irresponsable subsumida por nuestros socios comunitarios y sin apenas condiciones. Y por eso me quedé completamente solo cuando el pasado sábado escribí esto: «Convertido en enfriador oficial de las euforias infundadas, me veo obligado a recordarles que Mario Draghi no dijo nada que no se supiese, que no movió su posición respecto a la forma en que ha de lograrse una Europa fiscal y financieramente integrada, y que mantiene incólumes los objetivos del BCE. Lo único que dijo es que el BCE hará todo lo necesario -¿había dudas?- por el euro. Pero no dijo que el euro se va a salvar si el BCE se convierte en el depósito de toda la basura generada por los países en crisis; ni que va a comprar deuda por tiempo indefinido y en cantidad y precio determinado por el vendedor; ni que la va a pagar emitiendo papel; ni que un posible rescate indirecto vaya a tener menos cargas y controles que un rescate directo».

Me dejaron solo el Gobierno, los economistas más reputados y la prensa. Y hasta sentí cierta lejanía de Draghi, que parecía iniciar esta semana muy conforme con su misión de salvador del mundo mundial. Monti se fue a Finlandia y a Francia a hablar para Merkel (sé lo que digo). Obama llamó a Monti y le dio palmaditas destinadas a Merkel. La Bolsa, con una subida del 6 %, parecía dejarme en el más espantoso de los ridículos. Y hasta el mismísimo Mariano Rajoy parecía haber despertado del letargo y la desorientación en los que ayer volvió a caer. Pero yo estaba tranquilo, porque Merkel y Schäuble nunca me fallan, y al final salieron a la palestra y dijeron lo que siempre dicen: que de esta se puede salir con mucha ayuda, pero no por el atajo, ni sin «sangre, sudor y lágrimas».

Por eso me puedo permitir un lujo que, en este mundo cambiante, muy pocos tienen a su alcance, al terminar este artículo con otra frase que también escribí el sábado pasado: «El ritmo de Europa no ha cambiado, y el horizonte que nos espera tampoco. Y muy mal haríamos si, interpretando a Draghi a nuestra conveniencia, empezásemos a relajar la enorme tensión a la que estamos sometidos. Porque lo cierto es que España, sumando lo de aquí y lo de allá, sigue debiendo 2.400.000.000.000 de euros, que, puestos así, en cifra ilegible, deberían disuadirnos de formular utopías y de buscar el remedio en la piedra filosofal». Un lujo, este de repetirme, que siempre se basa en lo mismo: que Merkel y Schäuble nunca descarrilan.