En la sociedad civil árabe, esa entidad con millones de rostros pero casi sin voz y con voto manipulado, que lleva más de año y medio intentando recuperar el control sobre su destino, reina la consternación y la impotencia. El deterioro de la situación en Siria y el aumento de víctimas mientras la comunidad internacional mueve con renuencia y temor sus fichas en el tablero del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, solo reafirma su certeza sobre la diferente consideración que tienen sus países en función de los yacimientos de petróleo y los patronos de los Gobiernos de turno.
El caos provocado por la lucha de guerrillas de los rebeldes y la desprotección de las fronteras, al haberse trasladado el Ejército a las ciudades más importantes, amenaza con repetir en Siria el desastre iraquí. Fue el desmantelamiento inconsciente de todas las estructuras de seguridad, por el temor a que los miembros del partido Baaz y leales a Sadam impidiesen la consolidación de la democracia, lo que dejó expeditas las entradas a Irak para todos los facinerosos, terroristas y demás desarraigados de la zona.
Ahora que ya hay certezas de que infiltrados de Al Qaida, ese organismo sin rostro ni voz pero sí con una provisión inacabable de armas -que, por cierto, alguien debe suministrarle pero al que nadie parece perseguir- y de voluntarios suicidas han entrado en las filas de los rebeldes, la comunidad internacional se echa las manos a la cabeza ante el desastre que se avecina.
El temor a la intervención rusa en Siria, algo poco plausible, puesto que no tiene el potencial de la Unión Soviética, ha frenado una intervención internacional semejante a la de Libia. Una intervención que no puede esperar más, y no solo porque Al Qaida sea mucho más peligrosa que Rusia, sino porque los sirios necesitan ayuda ya.