El timo del Líbor


¿Q ué trapacerías no ha cometido la banca de negocios anglosajona y calvinista desde antes de la caída del Lehman Brothers y hasta lo que ya se denomina «el timo del Líbor»? Realmente resulta vomitivo reflexionar sobre todos los actos delictivos cometidos por consejos de administración y directivos corruptos cegados por la avaricia, que con relucientes títulos expedidos por reputadas y carísimas escuelas de negocio anidaron en el corazón del sistema financiero internacional hasta corromperlo.

Los dimitidos Robert Diamon y Marcus Agins, consejero-delegado y presidente de Barclays, son, por ahora, los últimos malvados de ese sistema consistente en que, mientras se tomaban una pinta en el bar de enfrente, 16 entidades financieras de la City londinense se ponían de acuerdo sobre el tipo de interés interbancario en Londres (Líbor) para hacer la cusqui a los tenedores de una hipoteca cobrándoles más y permitir, a la vez, que ellos y los fondos buitres hiciesen negocio sucio con los derivados sobre los interbancarios.

La perversión del ahora mal llamado sistema financiero es que los tipos de interés que se imponen al ciudadano vengan marcados por el tipo al que se prestan los bancos entre sí y no por el precio al que el Banco Central Europeo, en el caso de la eurozona, presta dinero a los bancos.

Joaquín Almunia ha señalado con el dedo: los dueños de los mercados, es decir, los fondos, especialmente los fondos buitre, se dedican a manipular el coste del Líbor y de índices similares porque han apostado en productos derivados contra ellos. Estos derivados, la mayor excrecencia de la especulación en los mercados financieros, sirven para que esos especuladores apuesten sobre la evolución del interbancario, haciendo crecer hasta estallar la burbuja financiera que destroza la economía real. Establecer la tasa Tobin a las operaciones especulativas de bancos y fondos de inversión, y no a cualquier operación bancaria, es lo que podría enjaular a los buitres para que dejen de desplumarnos.

Y mientras tanto, como ha dicho Felipe González, «cerremos las fronteras a la basura que nos viene de la City, y que se prohíban las operaciones a corto» porque «están destruyendo el valor en bolsa de muchas empresas españolas». Desde el 2008 estamos viendo cómo se autorregulan esas entidades financieras: ayudadas por calificadoras de riesgo que le dan triple A a los que van a reventar mañana. ¿Hasta cuándo van a permitir esto las instituciones públicas en vez de ocuparse de la economía real?

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