A los dictadores árabes no les suele gustar su pueblo, y se casan con rubias inglesas, que es como si Felipe se hubiera casado con Eva Sannum. En Siria, al pobre Bachar, un oculista alto y paternal, ahora, en venganza, su pueblo le quiere hacer un ERE como el de los mineros. Y claro, la familia Al Asad se rebela y mata, que quién no ha matado alguna vez. En el mundo está muy mal visto matar niños, mujeres y hasta ruiseñores como el de Harper Lee, la misteriosa prima de Truman Capote; pero matar a hombres pongamos de cincuenta, por ejemplo un minero o un funcionario, con todos los que sobran, no parece tan grave. De hecho, ahora matar se está poniendo de moda de nuevo. Hasta en los estrenos de cine se mata bastante. Pero en tiempos de crisis todo se ve de distinta manera. Ya lo decía Jonathan Swift, el padre de Gulliver, al hablar del problema de la hambruna en Irlanda. El escritor proponía que? se comieran a los niños.
Mientras tanto, la ONU sigue deshojando la margarita. Ya en 1935 Eduardo Ortega y Gasset, el hermano mayor del filósofo que inventó el peinado de Anasagasti, andaba indignado con la inoperancia de la Sociedad de Naciones (los polvos de estos lodos) ante la invasión fascista de Etiopía. Eduardo escribió un libro sobre el asunto y Haile Selassie, el ras Tafari, dio un discurso en la sede de las Naciones en Ginebra. De aquello nació la música de Bob Marley, menos mal.