l 31 de enero de 1990, McDonald?s abrió un establecimiento en la plaza Púshkinskaya de Moscú. Los peores símbolos del imperialismo yanqui siempre han ejercido una poderosa fascinación sobre todos aquellos mortales subyugados por el humo de los cigarrillos de Bogart o el revuelo del vestido blanco de Marilyn. Aquel 31 de enero Moscú era todavía la capital de la URSS, y la URSS, la antítesis de los Estados Unidos. Pero con McDonald?s, el telón de acero empezó a chorrear hasta que acabó derretido. Hoy, Rusia es un musical zafio y apresurado del capitalismo más inquietante. Así que, para empezar, conviene no despreciar al Big Mac. Porque dentro de ese amasijo rosado se esconde una efectiva munición bélica cuya capacidad para doblegar al enemigo está fuera de toda duda. La primera arma química fue una hamburguesa fabricada en Alabama. Esta bomba calórica que inexplicablemente consumen cientos de millones de personas en el mundo se mantiene como una efectiva avanzadilla de lo peor del american way of life. El próximo objetivo, la hermética Corea del Norte. Refractaria hasta ahora a las tentaciones occidentales, sus autoridades acaban de permitir la apertura de un establecimiento de comida basura en el centro de la capital. La claudicación no ha llegado solo por la vía gástrica, sino que acontece reforzada por un espectáculo infantil con el ratón Mickey y el pato Donald. Del Querido Líder al Tío Gilito. Preparémonos, pues, para una nueva Corea. Metamorfosis más contundentes se han visto. Basta con que nos miremos los unos a los otros y determinemos en qué nos hemos convertido. O en qué nos han convertido.