A Mariano Rajoy no le quedaba más remedio que hacer lo que hizo, aunque la inmensa mayoría de los ciudadanos no lo entiendan así, y aunque una larga serie de técnicos, políticos y comentaristas prefieran aferrarse a la idea, nunca concretada en hechos ni recursos, de que hay otras vías mejores para salir del atolladero. Por eso es importante que empiece diciéndoles que mi acuerdo básico con las medidas adoptadas ayer, cuya necesidad y concreción vengo adelantando desde hace meses, no viene del gusto por la austeridad y los dramas laborales, sino de la simple aplicación de los principios generales del sistema económico, y de una correcta lectura, sin miedos ni prejuicios, de los pronunciamientos y explicaciones de los líderes comunitarios.
Por eso lamento tanto que Rajoy haya gestionado la situación con tanto retraso, tantas contradicciones discursivas. Porque lo que podía ser un sólido comienzo de la remontada llega a los ciudadanos como una imposición malintencionada y egoísta de las instituciones y los países que pueden echarnos una mano, y, en vez de verse como la liberación de la celada en la que habíamos caído, se interpreta abiertamente como un ataque a la dignidad, al bienestar y a la soberanía democrática de España.
Rajoy se equivoca de medio a medio al decirnos otra vez que está incumpliendo su programa porque las circunstancias cambiaron, porque la situación actual ya estaba detectada hace dos años, y porque cuando adoptó la decisión de obstruir los ajustes de Zapatero y hacer una campaña basada en que «la prima de riesgo es usted» ya era evidente que estaba siendo desleal con el electorado. También se equivocó al querer evitar lo inevitable, porque al final tuvo que ceder, porque perdió el liderazgo del Gobierno, porque dejó que la situación se pudriese, y porque es un bochorno ir al Congreso de los Diputados a anunciar lo que, con base en fuentes autorizadas de la UE, ya estaba en la primera página de todos los periódicos decentes.
También es un error insistir en que este proceso trae causa de la cumbre de Roma y de la batalla ganada por el Hollmonjoy contra los teutones. Porque lo único que salió de aquella cumbre, al menos de momento, fueron tres recortes de caballo en Italia (36.000 millones), en Francia (40.000 millones) y en España (62.000 millones), una oleada de subidas de impuestos, y un efectivo plegamiento a la idea de que los rescates bancarios directos y de que el BCE garantice la adecuada financiación de las deudas soberanas está supeditada a una decisiva cesión de soberanía en las políticas fiscales y en el control del sistema bancario.
Por eso lamento tener que decirle a Rajoy lo mismo que él le espetó a Zapatero: que solo acierta cuando rectifica, y que España, de hecho, ya está intervenida. ¡Por fin!, añado yo. Y gracias a Dios.