Fukushima


La semana pasada conocíamos el informe que una comisión de expertos, a instancias del Parlamento japonés, ha elaborado sobre el desastre ocurrido hace poco más de un año en la central nuclear de Fukushima. Y la conclusión no puede ser más demoledora: el desastre podría haberse prevenido, hubo numerosos errores humanos y las autoridades públicas no ejercieron su labor de supervisión.

Sin embargo, tras el impacto emocional del principio, puede decirse que el sector energético nuclear está resurgiendo con fuerza un año después del desastre de Japón casi en todo el mundo; que la ecológica no es más que una cuestión cosmética para nuestros políticos y para la inmensa mayoría de los ciudadanos, empecinados en mantener un patrón de producción y de consumo insostenible en términos medioambientales; y que, de seguir así, en algún momento en los próximos 50 o 100 años el planeta nos va a decir «hasta aquí hemos llegado». A mí, ciertamente, aunque me conservo bien, no creo que vaya a pillarme; y tampoco a mis hijos, porque no los tengo. Pero no me parece razonable, qué quieren que les diga. Por eso, una vez más, apelo a un cambio de mentalidad que nos lleve a vivir de una manera respetuosa con el medio ambiente. Las generaciones futuras nos lo agradecerán. Y es más que probable que nosotros seamos mucho más felices.

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