La Eurocopa crea sus tribus. Están los exquisitos, aquellos que batallan sin descanso contra lo evidente, que se proclaman pastores entre el rebaño. Los que en el Mundial del 2010 ya enterraban a Pirlo bajo la lápida de Montolivo. Los que ahora se aburren con el toque sin fin de la selección, porque quizás añoren aquella ciclotímica certeza de saber que la derrota aguardaba a la vuelta de la esquina (algo así como preferir la montaña rusa a la ópera). Están también los incansables salvadores del mundo, los que interpretan cualquier instante de atención cedido a la selección como una traición a la clase trabajadora, esos que ven a los aficionados como Nerones que disfrutan del fuego que arrasa Roma, como si fuera un pecado mortal no revolcarse continuamente en el fango de los recortes, del paro, del fuego... Y centrifugan el opio y el pueblo allá por donde van. Pero muchos otros, rendidos a las evidencias del fútbol y del gris día a día, disfrutaron en la Eurocopa de esa justicia poética que tanto escasea fuera del campo. Paladearon la oportunidad de vivir el mundo al revés al menos durante noventa minutos. Allí donde no siempre avanzan los panzer alemanes. Donde los Cristianos Ronaldos siguen sin despeinarse pero claman presunta justicia. Donde los Balotellis que posan como superhéroes acaban llorando como niños. Donde los soberbios gigantes como Ibrahimovich se hacen diminutos. Donde alguien que no tiene ni la potencia de los alemanes, ni el mediático perfil de Cristiano, ni el torso de anuncio de Balotelli, ni la estatura del ego de Ibrahimovich (pongamos que Iniesta), sale triunfante contra todos los especuladores. Nada evidente. Muy revolucionario.