A cabo de cruzarme con la selección en una autopista de Madrid llamada M-40. Digo yo que sería la selección porque se veía un autobús precedido, rodeado y escoltado por decenas de guardias en moto con sus luces azules. Detrás dejaba, como una estela, una larga caravana de coches privados que solemos llamar gran atasco. Supongo que iban a ver al rey, que viene a ser para la selección española como las Vírgenes a las que los clubes suelen ofrecer sus trofeos. Incluso Rajoy, que solo es un beato al lado de tanta deidad, ha renunciado al protagonismo para no hacerle sombra a la Corona. La selección es un bien de Estado y como tal merece honores de la Jefatura del Estado.
Está bien este ceremonial. Si estos históricos jugadores han enaltecido el nombre de España, si le han dado a este país la única alegría de los últimos tiempos, si contribuyeron a levantar la decaída moral nacional, y si incluso Krugman afirma que su victoria ayudará a la economía, todo honor se queda pequeño. Lo que quiero resaltar como comentarista político es otro detalle que tenía que salir y salió: al lado de los cánticos, éxtasis colectivo y elogios enardecidos (y justificados), empezó un sonsonete que gusta mucho en determinadas capas de la capital. Es el sonsonete de las banderas.
Hay quienes celebran que la enseña nacional ondee en coches, autobuses, grúas supervivientes de la construcción y balcones de casas hipotecadas. Es como verla salir de algún baúl donde estaba doblada y con el triunfo pierde miedo a la luz. Lo único que lamento es que esa salida del armario se reduzca al ámbito deportivo. Casi nadie pone esos colores el Día de la Constitución.
Otro grupo se dedica a contar las pocas que lucen en Barcelona, Bilbao y no digamos en San Sebastián. Es el regodeo de quienes disfrutan haciéndonos ver la decadencia de la idea de España en esos territorios. Yo me limito a preguntar: si usted viviese allí, ¿qué haría? ¿Qué haría, si sabe que hay energúmenos dispuestos a arañarle el coche por españolista? La ausencia de banderas en Cataluña y Euskadi es la muestra de una represión ambiental que limita la libertad de pensar. Incluso en el fútbol.
Y, por último, están los que se escandalizaron de que algunos jugadores hayan lucido la bandera de su región. Con un matiz: no se protesta de que salga la de Asturias o la riojana. Lo que irrita es que se despliegue la senyera catalana. ¡Ay, amigos! Una bandera asturiana, por ejemplo, es un gesto telúrico, sin más. La catalana es una seña de identidad nacional; por tanto, soberanista. Esa es España: unida en la celebración, herida por las identidades. Y siempre, un difícil equilibrio entre pueblos y una enorme dificultad para llamarse nación.